Hoy, primero, iba a escribirles de un gran seductor; después de los palmeros o jaleadores, mas, encontrándome hasta en la ensaladilla rusa (conste: hecha con productos españoles y muy españoles) referencias, cuando no verdaderas tabarras interpretativas, de la visita apostólica, pastoral (¿y política?) del vicediós de la Iglesia católica, León XIV, de nombre secular Robert Francis Prevost, no puedo por más ni por menos, que decir mi opinión sobre el aspecto del que más arriba y entre paréntesis pregunto.
Como al ser agnóstico, me excluyo con voluntad de ser sujeto de su labor pastoral me referiré tan sólo a las impresiones que me han dejado los dos actos protagonizados con instituciones del Estado que la Constitución dice que somos, uno «social y democrático de Derecho», uno en el que «se garantiza la libertad ideológica, religiosa y de culto de los individuos y las comunidades» y en el que «ninguna confesión tendrá carácter estatal», es decir, del tiempo compartido con los reyes y con los diputados y senadores en el Congreso. No dudo en absoluto de las buenas intenciones de León XIV, ni del humanismo que se sabe caracterizó siempre a Robert Francis Prevost en su hacer como religioso. Mas, si el rey no olvidó mencionar en su alocución de bienvenida «el dolor causado por los casos de abuso», si no yerro, si lo hizo el papa en su discurso de contestación. Discurso en el que se nota la mano de la Conferencia Episcopal patria, no sólo en esta olvidanza, sino también en más de un adjetivo. Hombres son, exceso de celo.
Volvieron a notarse las ungidas manos de los obispos patrios al olvidar que el discurso del obispo de Roma era eso, discurso y no prédica o sermón, que, como el propio papa dijo: «cuando se dirige a la vida pública, lo hace respetando la misión propia de las instituciones y la legítima responsabilidad de quienes han recibido el mandato de legislar», sobrando por ello incluir dentro de la por ellos llamada «cultura del descarte» nada veladas críticas a los conquistados derechos al aborto y a la eutanasia. Y más en la sede de la soberanía nacional, que emana del pueblo. Esa predicación tienen garantizado poder hacerla en sus catedrales, santuarios, iglesias, ermitas, capillas, oratorios y colegios católicos. Faltaría más.
Sin novedad en esta vieja España. Se irá usted, romano pontífice, con sus doctrinas de siempre, seguirá cada palmero palmeando el cante que guste y que se jodan los puentes. ¡¿Puentes pá qué?! ¡Esto es España! ¡Con el río nos basta!
¡Salud!, y buena semana hagamos.