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Sin campanas ni rebato

12/07/2026
 Actualizado a 12/07/2026
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Mira que hubo empeño la semana pasada por evitar este tema, que tiempo habría. Porque los del Norte sabemos mucho de ceniza, rugido de llamas y lenguas de fuego, coronando montes y ganando batallas en las que el hombre huye, sabiendo que por las bravas, agua y fuego siempre ganan. Por eso hoy nos es tan fácil ser Sur y miedo, ser Almería, ceniza y duelo.

Juanfra pudo ser poeta, pero no lo sabe. Dice al reportero que vio nacer al monstruo y, por un momento estuvo controlado. Pero renació convirtiéndose en un animal cada vez más rabioso, cada vez con más lenguas de fuego, devorando todo lo que encontraba a su paso. De nuevo, conocemos lugares de nuestro país gracias a las tragedias. Ya ubicamos Los Gallardos, aunque solo veamos llamas. Ya imaginamos Bédar y esas casas sin apenas accesos, que salpican las montañas de nuestro mapa, sin formar un núcleo urbano. Paisajes áridos y temperaturas infernales que convirtieron pequeños paraísos en trampas mortales sin salida. A la vida se iba por la otra vereda.

Otra vez, tierra calcinada y la serpiente de mil lenguas alcanzando ocho metros de altura. Hefesto y Vulcano juntos. Fuego de otra raza. Creo recordar que en mi pueblo había gatos mimosos ronroneando en las cocinas y gatos monteses que arañaban hasta con la mirada. Y había perros dóciles a la puerta de casa, y perros nacidos en el monte, casi tan peligrosos como el lobo. De la misma forma, el fuego tiene razas. El que nace en las lumbres, caldea y abraza. Y el fuego salvaje nacido en los montes, con colmillos como los lobos. Fuego salvaje que repta, trepa y vuela. Tan letal como inalcanzable y bello. 

Otra vez familias completas huyendo con lo puesto y cogiendo lo imprescindible. Y de nuevo el peluche azul, salvado por un bracito que casi lo asfixia para soltar su miedo. María recoge los medicamentos del abuelo y la cartilla del banco. Y el abuelo coge el reloj para ver pasar las horas muertas. Ya tenemos otro grupo de desposeídos que ayer charlaban a la fresca y hoy añoran su butacón ya domado, la cama con la forma de su cuerpo y las cazuelas ahumadas. Esas nadas tan importantes de cada uno. Las zapatillas y el pijama roto que son hogar. Como deseo siempre en estos casos, ojalá alguien les dé cosas tan cansadas como estaban las suyas para que no tengan la sensación de estrenar la vida, que no son horas. Y de nuevo, no puedes evitar oír bramidos de animal atrapado en el bosque, crujir de ramas producido por zorros y conejos buscando la salida del infierno. Y los pájaros. Siempre me vienen a la cabeza y me pregunto si consiguieron escapar a otras nubes más altas y lejanas. Por los nidos no pregunto.

Ni haciendo tanto daño, culparemos nunca a ese fuego bipolar que se hace querer y odiar, mientras mata, con un baile tan hipnótico como letal. Ni el sol abrasador ni el viento son culpables. Son la naturaleza. Culpables son los que no se toman en serio nada que no roce asfalto. Los que, conociendo el peligro, fingen no conocerlo para no invertir nuestros impuestos en medios que eviten tragedias, que los montes y tierras les dan mucha pereza. Ni entre llamaradas de ocho metros se sacuden la soberbia y admiten sus negligencias. 

Cuándo se nos olvidó a los ciudadanos nuestro derecho y deber de exigir responsabilidades cuando haya víctimas mortales. Ya lo hemos admitido tantas veces que nos tomaron la sobaquera –que diría mi madre– y olvidaron que trabajan para nosotros. Que no pueden disponer de nuestro dinero a su antojo, e invertirlo en cosas que no solucionan nuestras vidas. Que si su negligencia o dejadez provocan víctimas mortales, no pueden pasar página con la facilidad que lo están haciendo. Cuándo nos dejamos. Cuándo nos hicimos tan comodones que no les paramos los pies con un ¡Basta! a los agricultores, médicos y bomberos de despacho. Los que solo el hecho de prohibir el pastoreo o la limpieza de campos, ríos y caminos, les convierte en amenaza. Les hemos permitido tanto que han visto en nuestra dejadez su total impunidad, sin propósito de enmienda. Darles carta blanca les ha convertido en peligrosos. Es inadmisible verlos posar año tras año ante una flota de helicóptero, mintiéndonos, presumiendo de haber invertido no sé cuánto más que el año anterior y de tener miles de profesionales. Profesionales que denuncian sus medias mentiras y verdades, los retenes incompletos, plazas sin cubrir, plantillas que solo figuran en el reconocimiento médico y el desfase entre lo que se dice y lo que hay en el monte. 

Quién dará de beber a los pájaros. Quiero imaginar un río cerca de todas partes, donde los desaparecidos que andan buscando y los pájaros, estén bebiendo. Quizá sea el momento de hacer caso a Galeano, en esas palabras que le atribuyen y nunca tuve claro que sean suyas. Pero me conviene ponerlas en su boca para no parecer grosera. Quizá sea el momento de cambiar, de soltar, de mandar todo a la mierda y volver a empezar. Quizá sea el momento de sacar un sol a esta tormenta, de reírse, de volar sin tropezar.

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