31/01/2026
 Actualizado a 31/01/2026
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Tanto la Aemet como mi amiga Teresa, el martes por la tarde me recomendaron abrigarme bien ante la llegada de la «nevadona» (perdonen mi inevitable asturianismo), que ha pintado de blanco muchas ciudades y pueblos del norte de España.

León, una ciudad muy «frozen» de por sí, amaneció espectacularmente blanca, como de cristal. Esperando su llegada, la de la nieve, que tiene algo de mágico e infantil, reconozco que me desperté involuntariamente a eso de las 6 de la madrugada y aún seguía la ciudad desnuda. Y pensé que tal vez habían errado el cálculo, ya se sabe que la meteorología no es una ciencia exacta. Pero algo sí llamó mi atención. El silencio. Y podrán decirme que era muy temprano, que aún todos dormían, pero no. El silencio que precede a la nieve la presagia. Es un silencio nítido, muy puro, como si alguien desenchufara el mundo.

Hay silencios y silencios. Hay circunstancias en las que es mejor no decir nada y otras en las que callarse te convierte en cómplice o al menos, en un desertor de conciencia. Hay silencios que manchan porque no aclaran. 

Una semana después, el dolor de esos pasajeros nos sigue recorriendo de arriba abajo como un grito. Y es inevitable preguntarse por qué esas personas que tenían sus vidas, sus planes, sus sueños, hoy no están entre nosotros.

Hubo una foto que se hizo viral, publicada por la web de la Casa Real, en un primer momento en primer plano, hoy camuflada. Muchos dijeron que bien podría haber sido un testimonio pintado por Goya, un desastre actual, nuestra propia metáfora de país.

El PP, la Corona, el PSOE o el PSOE, la Corona, el PP, el orden de los factores no altera el producto. Ellos a salvo, nosotros descarrilados. Ellos tranquilos, como quien sale a tomar café en un descanso, observan sin inmutarse. Nosotros asustados, minimizados. Nada funciona bien desde hace tiempo y nadie aclara dónde está la pasta, por eso vamos de drama en drama. Ahora, esas son las dos Españas.
 

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