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El silencio de los patios

09/11/2025
 Actualizado a 09/11/2025
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«Toda vestida de blanco, almidonada y compuesta, en la puerta de su casa estaba la niña negra... Las otras niñas del barrio jugaban en la vereda; las otras niñas del barrio nunca jugaban con ella». (Romance de la niña negra, de Luis Cané, recitado por Rafael Amor). 

Hoy se deslizará la columna entre dos poemas. En uno, el desprecio mata y en otro, endurece.

Octubre 2025. Sandra y sus catorce años no soportan el acoso de tres compañeras y deciden seguir las huellas que los doce años de Lucía dejaron en febrero. Las dos huyeron de un infierno disfrazado de patio. Cuesta creer que un colegio, informado desde hace meses, se limitase a cambiarla de clase. Quizá, el lugar donde menos acosada estaba, que los cobardes prefieren rincones y sombras en pasillos y patios, salvo que su bravuconería prefiera público. De nuevo toca echarse las manos a la cabeza y preguntarse cómo pudo llegarse a esto, que los expertos califican de suicidio ‘multicasual’ porque a las acosadoras se sumaron, como tantas otras veces, el silencio colectivo y la negligencia del centro, más pendiente de salvar su prestigio que de salvar víctimas de acoso. 

Martes, 4 de noviembre. Marbella. En los informativos, Lupita y sus siete años aparecen en la cama de un hospital. Fue agredida en su colegio y el centro escolar ni siquiera pidió asistencia médica. Se limitaron a llamar al padre y entregársela ensangrentada y con la nariz rota. «La llamaban gorda panchita», declara la madre, con una resignación que desgarra y una voz más dolorida que la nariz rota de su niña. «Toda vestida de blanco, almidonada y compuesta, en un silencio sin lágrimas lloraba la niña negra…». 

Martes, 4 de noviembre. Granada. Un niño de 12 años es apuñalado por su compañero, a la entrada del instituto. Dicen que no hubo acoso, que eran buenos amigos. Menos mal.

Jueves, 6 de noviembre. Mientras los padres, coincidiendo con el Día Internacional contra la Violencia y el Acoso Escolar, se concentran a la puerta del Congreso, pidiendo una ley que ampare a sus hijos, miles de estudiantes salen a las calles de cuarenta ciudades. Salieron contra el bullying y los cobardes. Contra los centros negligentes y el profesorado que llama «cosas de niños» al acoso escolar, a sabiendas de que ese camino no da al norte. Jóvenes gritando por el respeto al diferente, la seguridad en el colegio y el amparo para el débil. Porque no es lo mismo ridiculizar a un niño con la fuerza aún tierna, que hacerlo cuando ya tiene corteza con que defenderse, como cuenta Magdalena S. Blesa en su poema contra el bullying ‘Ojalá volviera’. «Ojalá volviera al corro de chicos y chicas de una tarde injusta en la Plaza Nueva, a las nueve y cuarto, a mi falda rota, a mi blusa fea, un martes de lluvia después de la cena… a la chica aquella, a su voz de pito y su sonrisa necia. Ojalá volviera al momento intacto de que me dijera delante del chico que me dislocaba, que cómo llevaba la falda tan vieja… aquellas palabras me hicieron más daño que si me muriera».

Esta semana dos niños fueron heridos en sus colegios y el jueves, Sandra vivió en todos los patios. Esos en los que nadie vio nada, donde se rompieron todas las infancias. Donde solo quedan miradas cabizbajas, lazos negros y un «perdona Sandra por no haberte ayudado» cruzando mentes, sin llegar a ser palabra. Niños cómplices por el simple hecho de haber callado. Por no encararse con el que acosa, posiblemente amigo desde siempre y en muchos casos, con la amistad uniendo a sus padres. Es todo tan frágil, tan al límite que entre Acusador y Acosador solo hay una letra de distancia, separando la vida de la muerte. Debería explicarse a los niños en qué lado de la cancha deben jugar, qué letra es la que salva y cuál es la que mata. Explicarles que, en esta versión del cuento, acusar al que acosa no es ser acusita, es salvar al compañero. 

Tampoco estaría de más proyectar películas como ‘Una voz silenciosa’. Quizá, los que no están haciendo bien las cosas descubran el sentimiento de culpa reflejado en otros y vean que siempre hay tiempo de revertir sus actos, convirtiéndose en defensores del más débil. Quizá, hasta se salven a sí mismos. «Toda vestida de blanco, almidonada y compuesta, en un féretro de pino reposa la niña negra... Dios la mira dulcemente, llama a todos los ángeles y dice: Jugad, jugad con ella». Una triste alegoría contada sin apenas palabras. Los niños deben saber que algo tan simple como jugar con el más solitario, puede salvar una vida, porque la infancia es demasiado pequeña para que quepa el rechazo.

Debería imponerse una asignatura llamada Respeto al otro. Al diferente. A Sandra, a la preciosa Lupita, a la niña negra vestida de blanco. A la joven blanca con falda rota y blusa fea que al crecer se hizo poeta. «Ojalá volviera a entonces… Con lo que he aprendido, me iría caminando despacio y contenta, con mi falda rota, con mi blusa vieja, orgullosa y grande, cada vez más grande, dejando a lo lejos, a las nueve y cuarto, un corro lejano de gente pequeña». 

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