Hoy quedan 333 días del año, según el calendario gregoriano. Dato que no sé si importa a alguien, pero lo digo porque me encanta ese número. Hoy es Santa Brígida y esta noche nos cubrirá la Luna de Nieve o Luna del Hambre, acudiendo una vez más a la tradición ancestral de los nativos norteamericanos, de bautizar cada plenilunio con algo relacionado con la naturaleza o la agricultura. Resulta fácil deducir el doble nombre de la luna llena de febrero porque en época de nieves no tendrían fácil el asunto de la caza y recolección de alimentos. Supongo que tampoco importará mucho este dato, pero también me gusta y lo cuento porque coincide que el paraíso llamado Valle del Tuéjar, en el que nací, también es conocido como el Valle del Hambre, sin necesidad de explicar el motivo, que el propio nombre indica.
Arrancó el año con todas las borrascas del mundo pisándose los talones, como con prisa. Se aliaron lluvias y vientos con nieve, tornados, inundaciones y aludes. Todos venían bautizados. Goretti, Harry, Ingrid o Kristin arrasaron, mezclándose con otros temporales con nombre propio. Lluvia de lágrimas sobre las vías de Adamuz. Persecución y muerte sobre la nieve de Minneapolis. Nocturnidad en Venezuela. Amenazas sobre los glaciares y las llanuras cubanas. Desconcierto y nerviosismo global. Una borrasca en la que se han mezclado los elementos, empapándonos a todos, estemos donde estemos. En realidad, no fue casual empezar la columna diciendo los días que quedan de año. Ha sido la forma de ignorar los 32 días ya pasados, demasiado duros, con demasiada desazón y cansancio, sin darnos tregua ni tiempo para digerir tanto. Haciendo balance, podemos decir, sin pecar de catastrofismo, que el enero del 2026 será recordado por ser digno de olvido. De todo ello, me quedo con la nieve recién caída, esa que amortigua el sonido porque absorbe las ondas sonoras. Me quedo con su silencio. Y si algo lo rompe, que sea la canción de Bruce Springsteen, nacida como nace la nieve en la nube. Cristales de hielo que se unen, atrapando una porción de aire. Copos cristalizando sobre un pentagrama que, en vez de silencio, traen protesta, «cantando a través de la niebla sangrienta». Lluvia de notas dedicada a Alex, a Renée, al niño con gorro de conejo y a cualquier persona indefensa del mundo. Así suena la injusticia de Minneapolis al caer sobre la nieve. Así se queja la música contra la persecución y violencia que sufren seres humanos, por haber nacido al otro lado de una frontera, o por defender a los que nacieron al otro lado de esa línea imaginaria. La música como arma para luchar «contra el fuego y el hielo y contra el invasor que llegó para imponer su ley».
Vamos a hacer como que el año empieza hoy mismo, bajo la Luna de Nieve y todo es amable. Recordar que mañana se celebra el día de la marmota, esa que predice la duración del invierno, según su reacción al salir de la madriguera. Si Phil, que así se llama ella, ve su sombra al salir, regresa a la madriguera, anunciando seis semanas más de invierno. Aunque Phil ya es sospechosa de adolecer de pereza y su comportamiento es poco fiable, en algunos lugares sirve para que la gente se reúna, cante, baile y coma, disfrutando del día de la marmota. Allá ellos y su meteosat peludo y perezoso. Aquí, somos más de celebrar la Candelaria. Ni siquiera se necesita devoción para cumplir tradiciones entrañables, como llevar candelas a la iglesia y bendecirlas para proteger nuestros hogares.
Tampoco necesitamos marmotas. Las cabañuelas no ponían nombre a la lluvia ni al viento. Se llamaban chaparrón y vendaval. Y cada pueblo tenía un tío José que miraba al fondo del cielo poniéndose la mano a modo de visera, aunque el día estuviera negro, estiraba el cuello y las orejas, como el perro cuando olfatea un conejo entre las zarzas, y parecía oír algo que nadie más oía. Después, anunciaba la nevadona que mañana cubriría el pueblo y se quedaría unos meses con nosotros. Era una nieve blanda y mansa que formaba parte de la dureza de la vida en un pueblo de montaña. Para su llegada no había más preparativos que las palas para hacer senderos entre casa y casa, entre casa y cuadra. Entre cuadras, casas, iglesia y caminos. Y, sobre todo, para abrir sendero hasta las horneras, despensa de invierno, donde aguardaban la cosecha y la matanza. Era aquella nieve amiga que a veces también mataba. Algo bullía en el aire como si allá arriba estuvieran devanándose madejas blancas. Ese era el ronroneo que solo los viejos oían, antes de que gruesas hebras blancas cayesen, uniendo cielo y tierra, formando un manto que cubría pueblos y montes hasta mayo.
Esa es la nieve mansa. La que inspiró a Antonio Gamoneda. «La nieve cruje como pan caliente / y la luz es limpia como la mirada de / algunos seres humanos, / y yo pienso en el pan y en las miradas / mientras camino sobre la nieve. Hoy es domingo y me parece / que la mañana no está únicamente sobre / la tierra…». Cruje como pan caliente.
También me quedo con el pan caliente.