Siete céntimos en litro es lo que quieren abaratar la recogida de leche las industrias lácteas pagándoselo de menos a los ganaderos en los próximos meses. Parece poco, pero es lo que marca la diferencia entre que el negocio funcione y que no funcione y se pierda dinero ordeñando vacas. La estabilidad que ha habido en los últimos meses ha permitido hacer inversiones, crecer en algunos casos, contratar más trabajadores y pagarles mejor, y ver remunerado el trabajo del dueño del negocio y su familia. Las cosas iban bien, también para la industria, y para la distribución, y el consumidor tampoco se quejaba aunque tuviera menos ofertas de leche de mala calidad a precios de derribo. Los lineales están ganando sus márgenes y la leche ya no se estaba utilizando, como en otros tiempos, como producto reclamo.
Ha bastado un exceso temporal de leche en el mercado, con procedencia de otros países europeos, para provocar un desequilibrio que sin duda tendrá consecuencias muy negativas para el sector primario, y a medio o largo plazo, también para el de la industria y el de la distribución. Porque cuando las cosas funcionan, hay que trabajar para que sigan funcionando, para que no haya cambios, aunque haya la tentación de hacer otras cosas distintas que pueden parecer más rentables en un corto plazo de tiempo.
Aún se está a tiempo para frenar una bajada de precios, sin razones de mercado, que se aproxima al catorce por ciento, y que de ninguna manera se va a ver repercutida, al menos en la misma medida, en el bolsillo de los consumidores. No es razonable que, cuando todo sube, la leche se convierta en una ganga, y que esa rebaja de precios, que mayoritariamente se irá a la cuenta de resultados de las compañías, salga de las estrecheces de un sector primario que, lo que más necesita, es rentabilidad y estabilidad.
No están las cosas para apretar mucho a quién más se esfuerza, a quién más trabaja, porque si se hace, corremos el riesgo de que no venda más leche, de que cierre la granja. Lo que ha sido habitual en los últimos años.