Siempre no

10/03/2026
 Actualizado a 10/03/2026
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Estamos en tiempo de incongruencia, donde resurrección y muerte se unen, aunque en las calles de Ponferrada solo se ven lemas de campaña electoral y enfrentamiento frente a las urnas. Y nos despertamos con un desayuno de niñas bombardeadas en una escuela. Damos vueltas al café con los aviones de refugiados españoles de vuelta a casa desde Teherán. Y resucitamos ese 2003 de un ‘No a la Guerra’ en rojo sobre negro que llevábamos en la solapa.

Con una rebeldía que atentaba tal vez contra todo pronóstico laboral, yo salí con mi abrigo gris y esa declaración anónima y de todos en la pechera a cubrir unos Micrófonos de Oro que Luis del Olmo traía a la ciudad como quien cita a los Goya en el pueblo. Era una gala de rostros televisivos para levantar aplausos fuera de casa. Aquella alfombra roja -que hacía juego con el lema de la pechera- se abría a un mundo en el que algunos queríamos dejar claras esas cuatro palabras que, lamentablemente, nunca pasan de moda.

El ‘No a la Guerra’, sobre el fondo gris de mi cobertura invernal, trajo las consecuencias de lo básico. Como periodista, el medio que me había llevado allí consideró que debía despegar el pegamento que ataba esa frase a mi pecho de inmediato. «Quítate eso ahora mismo», escuché de labios de alguien que tenía que ver con el pago de mi nómina.

Con veintimuchos sabes lo que alguien puede o no mandar. Sabes lo que paga y lo que no. Y, sobre todo, sabes que lo que llevas en el pecho no lo toca un sueldo, pero tienes miedo. Y, temblando como una vara verde, le di un golpe a la pegatina -que aún guardo- hacia mí , por si no estaba bien anclada. Aquello levantó la pólvora que después supe que deja la revolución laboral a nivel casero. Los buenos días se hicieron bruscos, las obligaciones se convirtieron en carreras de fondo… todo era para ayer. Pero me podía la convicción.

Y parecía que habíamos ganado una batalla. Todos atados a esa cuerda para tirar de ella hacia un lado único.

Más de veinte años después volvemos a la casilla de salida. Sin aquellos Micrófonos de Oro, que costaban riñones a pares al ayuntamiento por esas rodajas de «fama» turística que vendían cobrar. Pero vuelve la alarma. Vuelven las bombas. Y he recuperado la pegatina del desencuentro para reencontrarme con su legado. Estamos otra vez a las puertas de la gala de famosos, maquillados de falsedades para hacer juego con los tacones de las grandes estrellas que pisan suelo rural por primera vez. Y desde ahí recuperamos el sueño de lo básico, aparcando todo lo demás. Aunque esta vez la unanimidad se cuela por el retrete… y el mensaje pierde fuelle.

Pero los que conseguimos poner manos blancas frente a la masacre mundial que se vislumbraba, seguimos pisando el freno. No a la guerra. Siempre, siempre, siempre no.

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