31/05/2026
 Actualizado a 31/05/2026
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Alfanhuí, el niño de ojos amarillos, es un personaje de Ferlosio que recuerda al Lazarillo, pero con menos hambre en la boca y más magia entre líneas. En una de sus andanzas, Alfanhuí encuentra un mendigo con una flauta colgada al hombro que, según el mendigo, funciona al revés de las demás y debe tocarse en medio de un gran estruendo. Las cosas se invierten y debía existir un fondo ruidoso para que de la flauta nacieran melodías silenciosas. La tocaba en medio de grandes tormentas y, entre el estrépito de truenos y aguaceros, salían de ella notas de silencio, finas y ligeras como hebras de niebla. Y nunca tenía miedo de nada. Eso le dijo el mendigo al niño de los ojos amarillos. 

Recuerdo que era jueves porque fue hace un par de días y porque había cinefórum en el Centro Cívico del Crucero. Ese día, suevos, vándalos y alanos regresaron. España se rompía y quien podía, hacía. Se localizó el botín escondido en una caja fuerte, traído por un pirata del Caribe.   De camino al cine, contaba a mi hermana que tuve que quitar la tele porque no me daba la cabeza para almacenar una estridencia más y necesitaba silencio, como se necesita un trago de agua cruzando un desierto. La película del día era de Murnau, (1927). `Amanecer´. Hasta el título es parco en palabras. Así, de entrada, no resultaba muy atractiva la cosa y Fernando, el cinéfilo empedernido, organizador de este evento, en ese gesto suyo de esperarnos a la puerta y saludarnos uno a uno, casi nos animaba porque no resulta fácil una película en blanco y negro y además, muda. Y te viene eso de `cuidado con lo que deseas, que a veces se cumple´. 

Los ruidos cotidianos, los pasos que llegan  o se alejan, golpes o crujidos de puertas que lo anuncian todo. Campanas chismosas, presagiando lo peor sobre el lago, con un toque grande y frío, o anunciando un enlace nupcial con un repique como de risas. El ladrido de un perro sin ladrido, transmitiendo su tensión hasta el patio de butacas. Un bebé inquieto que presiente a su madre en peligro. El cuerpo. Un simple parpadeo. Cada expresión. Todo es palabra. La lentitud y la prisa. La mirada ausente que te lleva con ella, sin importar dónde. El más leve movimiento es palabra. Es  mensaje. Si los ojos hablan y un golpe de melena y una risa y un mirar por la ventana dicen tanto que cuentan una historia, si todo habla, por qué usamos tantas palabras y metemos tanto ruido, para no decir casi nada. Quizá fue casualidad, fue la necesidad de silencio o es que Amanecer es una obra maestra, pero esta semana descubrí la maravilla de ver una película muda y comprobar que el silencio dice mejor las cosas porque no las limita. 

Hay que dejar que el tren avance y la nube descargue la tormenta, que los pasos digan dónde van y los ojos cuenten lo que sienten. Hay que hablar menos y con palabras pequeñas. Hay que observar y dejar que cada cosa nos relate su historia.  

Porque la literatura es magia, seguro que Alfanhuí, el niño de Ferlosio, siguió recorriendo caminos, dejando atrás al mendigo con su flauta, desprendiendo hilos de niebla. Seguro que en otros cruces conoció a otros hombres, con otras magias y otras historias en las que no se necesita estruendo para que nazcan silencios. Seguro que también tropezó con el hombre bueno, el de las amapolas y el trigo, que León y este periódico tanto añoran. Con el paisano de visera y, al hombro, un hatillo de versos. Seguro que se sentaron un rato en la peña más grande de alguna cuneta y Alfanhuí escuchó al poeta grande, de palabras menudas. Seguro que le contó su partida, tal día como hoy, así, a su manera, como él vivía.  «Adentrada la tarde, el hombre del hatillo se dirige hacia la distraída noche; le recibe una sonrisa de almíbar y un trozo de hogaza… los humeros del alba le despiden y, con su hatillo lleno de versos, va camino del alma».

Eso le dijo Toño Morala al niño de los ojos amarillos, que venía de otro cuento, pero por el mismo camino.
 

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