18/09/2016
 Actualizado a 15/09/2019
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Sabrán que el pasado miércoles Cáritas diocesana de León presentó un libro en el que el sacerdote y sociólogo Prisciliano Cordero estudia los setenta años de existencia de esta Cáritas. De la atención a los pobres de la postguerra, pasando por la leche en polvo y el queso americano, hasta los nuevos pobres de hoy, hijos de la crisis financiera, de la escasez de puestos de trabajo, de la emigración. Por cierto que la directora de esta institución, Beatriz Gallego, nos ofreció el dato de que en el primer semestre de 2016 se habían incrementado en un 5 % el número de personas atendidas y en un 12 % el de atenciones prestadas. Hasta aquí todo lo dicho podría ser absolutamente común con cualquier otra institución u organización que tenga su identidad en colaborar en mermar o destruir las situaciones de pobreza que afectan a los ciudadanos. Es decir, sería coincidente con lo que hace cualquier otra ONG que tenga estas finalidades de ayuda del necesitado y erradicación de la pobreza, en todas sus dimensiones. Que no sería poco.

Pero hay alguna otra añadidura, que además es determinante: Cáritas es la misma Iglesia Católica que se echa a los caminos de la miseria humana para ser ¿solidaria? Sí, pero más: fraterna. No son conceptos contrapuestos la solidaridad y la fraternidad. El segundo parece que añade motivos al primero: yo he de ser solidario en las necesidades de alguien («adherido o asociado a la causa de otro», DRAE), porque ese alguien, sea quien sea, es mi hermano. Más aún, esta fraternidad tiene una dimensión que trasciende razones puramente terrenas; no las excluye, evidentemente, pero las eleva y enriquece. Lo que no quiere decir que los gestos de ayuda que otros realicen a partir de otros principios o valores no confesionales, valgan menos o sean imperfectos.

No se trata de establecer una polémica sobre quién lleva a cabo mejor o peor los ejercicios de acercamiento afectivo y efectivo al necesitado, y cuáles de ellos están más cerca de la excelencia. Lo que cuenta es la coherencia con los propios principios humanitarios y que se empleen los medios adecuados que no carezcan de la moralidad exigible. Por todo ello, con buen criterio, en el citado libro el autor dedica unas páginas a poner bases a la obra de Cáritas: el fundamento de la Revelación divina (lo «bíblico») y el de la doctrina de la Iglesia (lo «teológico»). Mira tú por dónde resulta que éstos se pueden reducir al lema del Año de la Misericordia: «Misericordiosos como el Padre». En esas debemos andar.
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