Pero hay alguna otra añadidura, que además es determinante: Cáritas es la misma Iglesia Católica que se echa a los caminos de la miseria humana para ser ¿solidaria? Sí, pero más: fraterna. No son conceptos contrapuestos la solidaridad y la fraternidad. El segundo parece que añade motivos al primero: yo he de ser solidario en las necesidades de alguien («adherido o asociado a la causa de otro», DRAE), porque ese alguien, sea quien sea, es mi hermano. Más aún, esta fraternidad tiene una dimensión que trasciende razones puramente terrenas; no las excluye, evidentemente, pero las eleva y enriquece. Lo que no quiere decir que los gestos de ayuda que otros realicen a partir de otros principios o valores no confesionales, valgan menos o sean imperfectos.
No se trata de establecer una polémica sobre quién lleva a cabo mejor o peor los ejercicios de acercamiento afectivo y efectivo al necesitado, y cuáles de ellos están más cerca de la excelencia. Lo que cuenta es la coherencia con los propios principios humanitarios y que se empleen los medios adecuados que no carezcan de la moralidad exigible. Por todo ello, con buen criterio, en el citado libro el autor dedica unas páginas a poner bases a la obra de Cáritas: el fundamento de la Revelación divina (lo «bíblico») y el de la doctrina de la Iglesia (lo «teológico»). Mira tú por dónde resulta que éstos se pueden reducir al lema del Año de la Misericordia: «Misericordiosos como el Padre». En esas debemos andar.
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