El filósofo estadounidense Ralph Waldo Emerson describía la vida como «una serie de sorpresas» y, por muy atrevido que resulte resumir algo tan inabarcable, pocas definiciones resisten tan bien el paso del tiempo. En Ponferrada, los últimos días han sido exactamente eso: una sucesión de giros inesperados.
Primero llegó el tan celebrado regreso de Amir, uno de los futbolistas que mayor vínculo ha tejido con la comarca en los últimos años. Después apareció Koke Iglesias, cuando su vuelta parecía definitivamente descartada. Dos reencuentros con sabor a hogar. Pero quizá la sorpresa más reveladora no haya estado sobre el césped, sino en la grada virtual. En apenas unas horas, las descalificaciones habituales al director deportivo dieron paso a los elogios, los agradecimientos e incluso a algún arrepentimiento. Sietes no cambió de la noche a la mañana; cambió el veredicto de quienes ya habían dictado sentencia.
Y es que el mercado estival de la Ponferradina ha terminado por apuntalar una plantilla que se presume competitiva, profunda y repleta de alternativas para el cuerpo técnico. No era una tarea sencilla. La reducción presupuestaria obligaba a hilar muy fino y Sietes —de la mano de Nafti— ha tenido que construir prácticamente sin margen de error. Con el telón ya bajado, el resultado invita, como mínimo, al optimismo: posiciones dobladas —e incluso triplicadas—, una parte de la columna vertebral intacta y, sobre todo, un equipo coherente con la idea de juego de su entrenador.
La dificultad era evidente. Futbolistas de la talla de Prieto, Esquerdo, Nóvoa o Andoni aceptaron propuestas económicamente superiores y dejaron un vacío que solo el césped podrá medir con justicia. Nadie puede garantizar que sus sustitutos igualen su rendimiento, pero sí parece razonable pensar que la Deportiva ha exprimido al máximo cada euro disponible para volver a mirar de frente a los gigantes de la categoría.
Emerson tenía razón: la vida avanza a golpe de sorpresas. Algunas duran apenas un instante; otras cambian el rumbo de una temporada. En Ponferrada, el mercado ya ha escrito las suyas. Ahora toca descubrir si la última estaba reservada para el césped.
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