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¿Sería tan amable?

03/10/2026
 Actualizado a 03/10/2026
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La mujer solo intentaba explicar su visión de los hechos, mientras el gentío clamaba  desde sus palestras. Bramaban y gesticulaban sin escuchar sus argumentos. La multitud solo deseaba oírse  a sí misma. Quizás, la mujer también. Por ello, el diálogo se hizo posible, apartadas  la  cortesía y la  amabilidad. Los disidentes, solo disputaban, y en su polémica encallada subía  el tono emocional de sus palabras mientras crecían  los desprecios y sus gestos devenían en esperpentos.

“Tristes guerras, si no es amor la empresa”, hubiera repetido  el poeta Miguel Hernández en medio de aquella cruenta  batalla dialéctica por la razón. Hernández, escultor  de palabras, víctima implacable de la sinrazón de la guerra. Buscador de  palabras que, en medio de la desazón,  acarician, miman, curan.

Y es lo que la mujer pedía, en medio de su soledad sonora: un poquito de amabilidad, por favor. Para frenar  esta vorágine de desamor envuelta en palabras dardo.  Amabilidad que  barnice de ternura tanta sobredosis de hostilidad.

Amabilidad, de la que trata  Nazaret Castellanos,  en uno de sus libros, donde asegura que  crece el interés, en  la comunidad científica, por el estudio de sus  beneficios , como el desarrollado por la Universidad de Stanford: “El entrenamiento del cultivo de la compasión” y que  asegura, tiene un sólido  beneficio sobre la salud mental al asociarse a una reducción de los niveles de estrés y ansiedad favoreciendo la prevención de enfermedades. Además, la amabilidad, y por ende, la compasión, que van unidas de la mano, son herramientas adecuadas para la mediación  en  conflictos, asegura Castellanos.

“Refinar el pensamiento, eligiendo un lenguaje que no hiera a su paso”. “Ecuanimidad y amabilidad que no significa indulgencia” entendida esta última como permisividad excesiva. Quizá, la clave sea la amabilidad enmarcada en una sana asertividad.

Pero volviendo a los versos del poeta, “si no es amor la empresa”. Pienso que no hay mayor empresa que la del propio individuo. El amor propio entendido como la estima: “no vemos la amabilidad si no la llevamos dentro”, y cuando lo que nos habita es resentimiento será difícil empezar el día regalando un buenos días amable acompañándolo de una voluntad de entendimiento.

Asombrar,  tendiendo un poco de humanidad que borre la mala  sombra de los gestos ariscos. Volver a la charla amigable con voluntad de consenso. Tender puentes con la mirada que desea atrapar una sonrisa escondida. Ahogar la confrontación en la búsqueda de un diálogo sincero más allá del monólogo interior que solo busca reafirmar las propias convicciones.

Entre la marabunta de reproches sonó la  voz tenue de  la mujer : “Es solo una opinión. Un poquito de amabilidad, por favor”.

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