La mujer solo intentaba explicar su visión de los hechos, mientras el gentío clamaba desde sus palestras. Bramaban y gesticulaban sin escuchar sus argumentos. La multitud solo deseaba oírse a sí misma. Quizás, la mujer también. Por ello, el diálogo se hizo posible, apartadas la cortesía y la amabilidad. Los disidentes, solo disputaban, y en su polémica encallada subía el tono emocional de sus palabras mientras crecían los desprecios y sus gestos devenían en esperpentos.
“Tristes guerras, si no es amor la empresa”, hubiera repetido el poeta Miguel Hernández en medio de aquella cruenta batalla dialéctica por la razón. Hernández, escultor de palabras, víctima implacable de la sinrazón de la guerra. Buscador de palabras que, en medio de la desazón, acarician, miman, curan.
Y es lo que la mujer pedía, en medio de su soledad sonora: un poquito de amabilidad, por favor. Para frenar esta vorágine de desamor envuelta en palabras dardo. Amabilidad que barnice de ternura tanta sobredosis de hostilidad.
Amabilidad, de la que trata Nazaret Castellanos, en uno de sus libros, donde asegura que crece el interés, en la comunidad científica, por el estudio de sus beneficios , como el desarrollado por la Universidad de Stanford: “El entrenamiento del cultivo de la compasión” y que asegura, tiene un sólido beneficio sobre la salud mental al asociarse a una reducción de los niveles de estrés y ansiedad favoreciendo la prevención de enfermedades. Además, la amabilidad, y por ende, la compasión, que van unidas de la mano, son herramientas adecuadas para la mediación en conflictos, asegura Castellanos.
“Refinar el pensamiento, eligiendo un lenguaje que no hiera a su paso”. “Ecuanimidad y amabilidad que no significa indulgencia” entendida esta última como permisividad excesiva. Quizá, la clave sea la amabilidad enmarcada en una sana asertividad.
Pero volviendo a los versos del poeta, “si no es amor la empresa”. Pienso que no hay mayor empresa que la del propio individuo. El amor propio entendido como la estima: “no vemos la amabilidad si no la llevamos dentro”, y cuando lo que nos habita es resentimiento será difícil empezar el día regalando un buenos días amable acompañándolo de una voluntad de entendimiento.
Asombrar, tendiendo un poco de humanidad que borre la mala sombra de los gestos ariscos. Volver a la charla amigable con voluntad de consenso. Tender puentes con la mirada que desea atrapar una sonrisa escondida. Ahogar la confrontación en la búsqueda de un diálogo sincero más allá del monólogo interior que solo busca reafirmar las propias convicciones.
Entre la marabunta de reproches sonó la voz tenue de la mujer : “Es solo una opinión. Un poquito de amabilidad, por favor”.
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