¿Cuándo las manifestaciones, encabezadas como están ahora por representantes institucionales de todo tipo, dejaron de ser una cuestión del pueblo para convertirse en un escaparate para el político? Más que cuándo, ¿por qué? Más que por qué, a secas, ¿por qué nosotros, el pueblo, lo hemos permitido?
El fin no justifica los medios cuando el medio mismo se convierte en el fin, que es, una vez más, vociferar «Pedro Sánchez, hijo de puta». Fue el pistoletazo de salida para la concentración del otro día y no creo estar equivocada, yo que me equivoco tanto, al considerar que la proclama la acuñaron las mismas personas que aseguran que España se ha convertido en una dictadura, como si no lo hubiera sido nunca antes. Que diferencian entre España y el gobierno español como si no tuviese nada que ver este último con lo que han votado los españoles. A los que no les gusta España tal y como está –que no pasa nada–, pero tienen tanto miedo de que la ‘p’ de la palabra no suene fuerte entre sus labios que no lo dicen.
Que no está mal salir a la calle en defensa de la soberanía del pueblo español, pero sí cuando en ese pueblo por el que te desgañitas solo entran unos pocos españoles, hechos a la medida de tu ideología. Que no creo que todos los que llenaron la plaza de San Marcelo lo hicieran para convertir el medio en el fin, pero sí que a los que obviaron el fin –¿por qué era esto? No sé, tú grita– se les escuchaba más fuerte.
Que no me molestan las banderas de España porque es el país en el que me tocó nacer; en el que me tocó vivir. En el que vivo a gusto porque aprendí a hacerlo, porque aquí es fácil. No me molestan, pero las marabuntas teñidas de rojo y amarillo, sin un buen objetivo, se acaban tiñendo en mis ojos de color naranja –será por la óptica–. No me molestan, pero el color naranja lo he terminado oyendo y suena como las proclamas insustanciales que llenan mucho la boca, pero nada el alma. Será la sinestesia.
Que no me molesta, que no está mal, que de verdad creo que es buena señal que en un mismo espacio de tensión convivan opiniones dispares. Pero sí me molestan las palabras-martillo que recita mi abuela de noventa años cuando me llama, asustada, sin tener muy claro que a Ceuta se llega cruzando el Estrecho, y me pregunta si nos están invadiendo.
Que no está bien el alarmismo para cosechar votos.
Que está mal que nos volvamos tan políticos odiándolos a todos y no veamos a la gente.
Que creo que el temor de muchos a que nos invadan los moros es mucho más irracional que el mío a que me invada la desesperanza.
Añadir La Nueva Crónica como fuente preferida de Google de forma gratuita
Mantente informado con las últimas noticias de actualidad.