No es que tengan mucha credibilidad las encuestas en España, y por eso no estoy tan seguro de que el batacazo que se espera para el PSOE en las elecciones andaluzas de mañana sea tan estrepitoso como se augura. Más que la demoscopia, el mayor indicio de que pueda producirse la debacle en otro de los feudos seculares del partido es que el PSOE se ha apresurado a ponerse la venda antes de la herida, asegurando que un mal resultado no tendría ningún carácter plebiscitario en relación con el Gobierno que preside Pedro Sánchez, ni sería tampoco atribuible a una mala elección de la candidata. Quizá lo achaquen a alguna conjunción astrológica o a que el pueblo andaluz se ha vuelto facha de repente por culpa de Vito Quiles.
En cualquier caso, sea cual sea la envergadura del fracaso, todo apunta a que Andalucía será el cuarto round en el que el PSOE termine en la lona, tras Extremadura, Aragón y Castilla y León. Otra estación más del vía crucis que le espera al partido hasta las elecciones generales, entre calvarios judiciales, sin mayoría en el Congreso y sin Presupuestos Generales desde 2022.
El Sanchismo, se quiera ver o no, está muerto, y tanto Pedro Sánchez como su padre político, el inefable Zapatero, deberían dedicar el poco tiempo que les queda a preparar su defensa jurídica o su fuga a un país sin tratado de extradición.
La pregunta es ¿está preparado el PSOE para el post sanchismo? ¿Podrá volver a votarlo Felipe González?
Sería una buena noticia que los votantes de la izquierda dispusieran de una opción constitucional, española y no rupturista con la Transición. Una opción de izquierdas que no estuviera dispuesta a alcanzar el poder a costa de arrodillarse ante proetarras y secesionistas y que, a ser posible, no robase.
Pero no tenemos ningún indicio de que el PSOE actual pueda avanzar en esa dirección. Colonizado por la miríada de arribistas y paniaguados que Pedro Sánchez ha promovido a cambio de su adoración incondicional al líder, no permite ni siquiera vislumbrar que en su seno haya nada parecido a un sector crítico, más allá de algún caso aislado como el de nuestro alcalde, o de las viejas glorias que abandonaron hace décadas la carrera política.