No sé si será un efecto adelantado del eclipse de sol o que tengo mucho karma del malo acumulado por tantos pensamientos y alguna que otra acción que podrían llevar perfectamente el 666 como prefijo, pero una serie de catastróficas desdichas me ha atropellado en este inicio de agosto. No creo que sea buena señal para alguien que aprecia mucho las coincidencias y casualidades que se me rompa a la vez el coche, el móvil y la tarjeta de crédito. La probabilidad debe de ser bastante baja, pero así ha sucedido. Es esa misma clase de suerte que la de aquel al que una mierda blanca caída del cielo le decora de repente la coronilla. ¡Plam! Diana. Y está claro que, por desgracia, ya sabemos bien que las tragedias humanas no entienden de bajas probabilidades. Pido perdón por adelantado por parecer un quejica de manual y porque no tengo otro asunto sobre el que escribir en el verano más seco de noticias que recuerdo, pero hoy vuelvo a pasar por aquí con varias canas más, la mirada un poco más oscura y la mente y la piel cada vez más resecas.
Hablaba entonces de mala suerte porque mi carro, aunque no me lo robaron, decidió quedarse dormido en la Candamia, tras una tarde familiar entre palas, balones y helados, en la que, como escribió Umbral, no llevé yo al niño de la mano, sino que él me llevó a mí. «Ahora en casa te veo», le dije a ese principito, el único al que le permito que me haga tantas preguntas y que me regala cada vez que lo veo esa luz de aquel que tiene fe en el mundo, que vive sus días sin complejos, sin límites. La batería murió y un par de padrazos lo arrancaron empujando. Cambiada ya la particular y costosa pila del coche, llegó la hora de otra avería mayor. Una que me ha afincado al Buscyl y me ha hecho plantearme votar (con los ojos cerrados, eso sí) al señor Mañueco solo por evitarme siete euros al día en la tediosa, hacinada y variopinta aventura que significa coger un autobús de los azules. Mientras busco el QR que me otorga ese privilegio solo por vivir donde siempre viví (algo cada vez más raro), mi teléfono decide que se acabó. Que ya no quiere mirarme más a los ojos. Que también él se echa una siestecita. Aunque pronto descubro que no despertará ya nunca. Curiosa odisea, digna de Nolan, la de conseguir un nuevo móvil sin vender un riñón o ir a Papalaguinda cuando, precisamente, tu coche está en el taller y para colmo la tarjeta bancaria de tu entidad de (des)confianza ha caducado, no te han enviado la nueva a casa y no has ido a tiempo a la oficina en cuestión a recogerla ni cogiste el teléfono cuando te llamaron porque recibes decenas de llamadas ‘spam’ al día.
Así que, esta serie de catastróficas desdichas, que en realidad ya sé que no lo son tanto, me han demostrado que la vida adulta cada día te estresa un poco más, que ni las vacaciones de verano pueden del todo con ello y que, al final, el dinero arregla los problemas que contamos, pero no los que callamos.
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