Imagen Juan María García Campal

Del ser y los influyentes

03/06/2026
 Actualizado a 03/06/2026
Guardar

Estos últimos días y por muy diversos motivos he venido echándole un demorado vistazo a la memoria y conciencia panorámica de mis días, vida o existencia, y, en especial, a las personas de vario sexo, estado y condición que en mayor o menor medida han dejado huella o, mejor, impresión o impronta en la continua formación de mi carácter, es decir, para mí, en la continua civilización o humanización del particular temperamento -esa «biología innata de la persona»- y con ella las formas y maneras de afrontar los dichos días, la dicha vida o existencia. Cuántos rostros, nombres recordados presentes, cuántas circunstancias y tiempos revividos, retenidos; cuántos y cuántas difuminándose o ya totalmente desvanecidos aun se mantenga vivo el recuerdo de su exacta influencia. Mas, sobremanera, cuánta supuesta o sabida ausencia definitiva. ¡Ah padres, hermanos, hija, nietos (sí, también de ellos aprendo), maestros, amigos, amores, autores de prosa y poesía, artistas de varia disciplina! ¡Ah tantos hombres y mujeres, anónimos para mí, que, sin embargo, con un gesto, una mirada, una atención, una delicadeza hacia mí o hacía otro tanto me enseñasteis y mejorasteis días y vida. Todos influyentes en mí.

Imposible citar a todas esas personas que, con voluntad o sin ella, sabiéndolo o no, me cincelaron y cincelan cada día. Ocuparía, si no todo, buena parte del periódico y ya bastante harto supongo al director de mis cosas. Imposible citar a algunas de esas personas, pues, aún habiendo «primus inter pares», no tendría por justo privar de mi reconocimiento público a ninguno de ellos. Permanezca pues cada uno de ellos en el lugar que de mí aún habitan -¡ah mente, corazón, piel, todo!- y tiempo ruego a los dioses, a la Vida, para, al menos, a un buen número de ellos poder rendirles privada gratitud.  

Acaso por todo ello sea que considere un poco soberbio y haga que se enciendan mis alarmas convivenciales cuando escucho a alguien decir «yo soy...» o «...y así soy yo». Aunque, vaya usted a saber, quizás esa consideración y esas alarmas encierren algo de envidia por no tenerme por ser humano concluido, pues rarísima es la noche en que no descubro propios yerros, grandes y pequeños, es decir, aspectos de mi quehacer y convivir que aún no precisen pases de lima y uso de la segueta, cuando no de la cizalla. No, no soy, no somos. Soy, somos, seremos hasta fin de nuestros días: actos. Soy, somos, yerro y enmienda, pura acción, puro acto: errar, enmendar, errar, enmendar hasta el final.  

¡Salud!, y buena semana hagamos.
 

Archivado en
Lo más leído