Frente a esa última moda surgida de quien sabe qué agendas absurdas y que anima a no viajar, porque moverse de casa, escapar de tus rutinas, según algunos produce estrés y contamina, me niego a caer en otra trampa de un ecologismo que a veces ha perdido el norte y resto de puntos cardinales y que a la hora de la verdad se sume en el silencio ante catástrofes que sí reclaman su voz.
Las vacaciones no son obligatorias, quien disfrute más en su barrio enhorabuena, la cuestión es saber vivir, sacar partido a cada instante. Se puede ser feliz yendo a comprar el pan, no hace falta volar en globo por la Capadocia, pero viajar es sano, conocer otras culturas, otras lenguas, observar otros paisajes y paisanajes.
Hoy les escribo desde una playa lisboeta, se llama Tarquinio Paraíso y hace honor a su nombre. Quienes me conocen bien saben de mi amor por Portugal, país atlántico con sabor a saudade. Me gustan sus callejones decadentes, sus sardinhas, su bacalhau, su silencio callado de tejados rotos, su historia de claveles, sus calles empedradas, sus tranvías y un buen café com leite y su bolo de natas.
Este país tiene sus problemas, como todos, una vivienda disparada de precio a la que no pueden hacer frente, la gentrificación de las grandes ciudades, pero todo funciona mejor, aunque vivimos de cerca el terrible accidente del funicular Gloria. Las autovías, los servicios, hay mucha vida y su gente amable está motivada. Portugal crece a ritmo de vértigo y aquel país que en su día nos parecía caminar por detrás de nosotros en desarrollo, hoy nos da algunas vueltas, habiéndose convertido en uno de los destinos vacacionales favoritos del mundo.
Se observa un decidido apoyo al arte y la cultura, los portugueses ponen en valor el talento, hasta crean centros como el de Belém destinados a tal fin que dejan boquiabierto al visitante.
Las olas me llaman. Se escucha un fado. Voy a buscar un tranvía. El 12 tal vez.