03/11/2026
 Actualizado a 03/11/2026
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Una de las primeras personas en acercarse a los trenes de la catástrofe de Urda fue el farmacéutico del pueblo, que se puso a disposición de los heridos, aportando el material sanitario que estaba a su alcance. Él mismo nos contó el testimonio de uno de los heridos que, convencido de que iba a morir,  trataba de despedirse telefónicamente de su familia diciendo: “Maite, cuida de los niños. Te quiero mucho. Dios es bueno”. 

Tal vez esta afirmación de la bondad de Dios contrasta con la actitud de quienes, ante catástrofes como ésta, echan la culpa a Dios, como si él fuera quien no se ha preocupado de invertir más atención y dinero en el mantenimiento de las infraestructuras ferroviarias. Olvidan que Dios respeta la autonomía de las realidades terrestres y la libertad de las personas. Y que Él no es el culpable de la mala gestión ni de los posibles fallos humanos.

Por otra parte, la Iglesia, que  trata de poner en práctica aquello en lo que cree, ha sabido estar a la altura de las circunstancias. El párroco del pueblo tan pronto como se enteró se dirigió al lugar de los hechos para ayudar a la evacuación de los heridos. 

Y otro sacerdote vecino tuvo la feliz idea de impartir la absolución general a todos los presentes, tal y como se establece en casos como éste, confortando afectiva y espiritualmente a los heridos.  

Además, la diócesis de Toledo puso a disposición de las familias la casa de espiritualidad que cuenta con más de 100 camas, atendiéndoles para que no les faltara de nada y acompañándoles en unos momentos tan angustiosos. 

Por supuesto que no ha faltado gente buena y solidaria que se ha volcado para prestarles toda la atención posible.

Sin duda, unos y otros han sido un signo visible de la bondad de Dios. Pese a todo más de uno se preguntará dónde está Dios. La fiesta que se celebra el mismo día en que escribimos estas líneas, Todos los Santos, nos lo puede aclarar un poco. Es un día para recordar muy especialmente a aquellos seres queridos, santos anónimos, que disfrutan en el cielo de la presencia de Dios, que está al final del camino. 

Y, cuando hemos escuchado en la misa la lectura del libro del Apocalipsis, que habla de los que están en el cielo y vienen de la gran tribulación, nos hemos acordado de las víctimas mortales. 

Seguro que ellas podrían asegurarnos, por lo que están viviendo, que Dios realmente es bueno, aun a pesar del sufrimiento comprensible de sus seres queridos. 
 

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