Esta no es otra columna con un título de novela turca o de película de mediodía de Antena 3. El último tren, Los trenes que perdimos… El ambiente está enrarecido; las pasiones están a flor de piel, como las de un Óscar Puente haciendo intervenciones holísticas y hablando de los «ojos humanos» de los maquinistas; y yo que creía que los que conducían los trenes eran reptilianos…
Escribo esta columna mientras escucho al exalcalde de Valladolid; ni en un momento como este entierra el hacha de guerra contra la oposición. Es lo que tiene vivir a todo tren y desentenderse de los problemas reales. Se han lavado las manos tanto que no han debido de gastar ni una gota en imprimir protocolos de seguridad hasta que ha pasado una tragedia. Está Puente rezando un rosario de medidas logísticas, como si no hubiesen tenido una iluminación mariana hasta ahora. Me parece bien que hagan cosas, que hayan invertido las pocas energías que tienen los trenes en crear un escudo de protección ferroviaria; el problema es que esas garantías llegan tarde.
En España sabemos lo que es llegar con retraso, no solo por los viajes ferroviarios, sino por las obras postergadas o las ejecuciones demoradas. Precisamente, aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid —lugar a donde quizá tendría que volver el señor ministro de Transportes—, en León hemos sacado un billete para el tren de Feve y reclamar las mejoras pertinentes. Tenemos demasiada fe. Siendo realistas, y a juzgar por una infraestructura ferroviaria que tiene más remaches que los pantalones que un servidor llevaba en el uniforme del colegio, creo que ahora es más complicado que antes conseguir que llegue el ferrocarril.
Una serpiente metálica que siempre nos ha prometido la manzana que nos haría ser como dioses, pero que nunca llega. En Alicante llevan reclamando una conexión ferroviaria al aeropuerto desde el año 2000. Mejor ni hablamos del AVE a Extremadura. Hemos siempre presumido de ser el país más moderno del mundo; sin embargo, reclamaciones como la que llevamos haciendo en León desde hace años no son propias de un país sofisticado. Puente es un apasionado y nosotros unos pacientes; curiosamente, pasión y paciencia tienen la misma raíz etimológica.