02/02/2026
 Actualizado a 02/02/2026
Guardar

Existen en nuestro amplio y variado vocabulario diferentes formas, todas cariñosas, para definir la senectud o vejez: «Años dorados, fase de sabiduría, otoño de la vida, tiempo crepuscular, años de vejez, temporada de madurez, etapa de veterano, período de sabio o era distinguida».

¿Y cómo nos enfrentamos a la vejez?

La vejez sigue siendo para muchos una palabra incómoda, puesto que se asocia a la pérdida, lentitud, decadencia o despedida. Sin embargo, esa mirada dice más de nuestros miedos que de la realidad de envejecer. Cierto es que nos han enseñado a temer el paso del tiempo… cuando quizás deberíamos aprender a disfrutarlo.

Enfrentarse a la vejez no es rendirse, es cambiar de ritmo, es aceptar que el cuerpo se transforma, pero también que la mirada se afina, ya que la prisa deja paso a la atención y la ambición al sentido. Vivir intensamente no siempre significa hacer más, sino vivir mejor lo que se hace. Una conversación larga, un paseo corto y sin destino o el disfrute consciente de lo cotidiano pueden ser actos sumamente vitales.

El problema no es envejecer sino hacerlo desde la negación o la vergüenza. Cuando intentamos parecernos a quienes ya no somos desperdiciamos la oportunidad de descubrir lo que sí podemos ser. La vejez puede ser un territorio fértil, sobre todo si lo llenamos de curiosidad, dignidad y deseo de seguir aprendiendo.

Quizás vivir intensamente la vejez consista en no renunciar a uno mismo, puede ser que no, aunque el tiempo insista en recordarnos que es finito.

Esta reflexión podría ser el principio o embrión de una nueva novela, la sexta, donde daríamos rienda suelta al amor en la tercera edad… ¿Qué tal suena «El otoño de la vida»? Es solo una ínfima idea, y ya veremos si la misma tiene recorrido literario... o no.

«Si a los sesenta no aceptas que envejeces y que te vas a morir tienes un problema serio». Jodie Foster. Salud.

Lo más leído