vicente-barriob.jpg

‘Semos’ diferentes como Torrente

23/04/2026
 Actualizado a 23/04/2026
Guardar

Cuando un Estado fracasa, debido a una guerra, a una crisis económica, a un cataclismo natural, la Nación, que es el ente en que se sustenta, también se va a la porra, por expresarlo educadamente. La diferencia entre Estado y Nación es clara: el Estado es el conjunto de instituciones que gobiernan la vida de un país: el Rey, el Consejo de ministros, el ejército, la policía, etc. La Nación es «el conjunto de personas que comparten lazos culturales, religiosos o de identidad, que habitan un territorio común y poseen un sentimiento de permanencia». Ejemplos de esto que os cuento hay en la historia a porrillo...; quizás el más claro, y exagerado, es la caída, después de la I Guerra Mundial, del Imperio Alemán, del otomano, del ruso y del austrohúngaro: el Estado pierde y todo se desvanece como un azucarillo en el café. Sin embargo, España no. Recordar lo que sucedió en 1808, cuando el mejor ejército de mundo, el francés de Napoleón, invadió España, tomó Madrid, secuestró al Rey y, a pesar de todo, el pueblo, la Nación, no se rindió y logró expulsar al invasor gracias al levantamiento que no tenía lideres, que nació de la indignación de la gente.
A día de hoy, sucede lo mismo: cuando el Estado fracasa, todo colapsa..., menos aquí. 2001: naufragio del Prestige.  La mayor catástrofe medioambiental de la historia de España. La maquinaria del Estado es incapaz de hacer frente a la hecatombe. A la semana del suceso, miles de voluntarios (el pueblo, la Nación), saca el vertido (el ‘chapapote’), con sus manos, sin protección adecuada, pagando todos los gastos de su bolsillo. A los quince días, cientos de miles de personas acudieron de toda España a ayudar, a limpiar aquel desastre. 2012: crisis económica global. Grecia, Italia, Irlanda, están sumidas en el caos..., como nosotros. Pero aquí, sin que el Gobierno dijese ni mu, personas anónimas, normalmente los más menesterosos de la sociedad, acudieron en masa a donar alimentos, dinero, joyas muy queridas...; donde no llegaba el Estado, llegaba el pueblo..., como, por ejemplo, defendiendo a los pobres a los que el poder echaba de sus casas porque no podían pagar la cuota de la hipoteca, como si ellos fuesen los causantes del desastre financiero y no sus víctimas. 2024: inundaciones en Valencia. Ante el desbarajuste que prepararon Mazón y Sánchez (cada uno haciendo la guerra por su cuenta), y ante la magnitud del desastre (recordad: 240 muertos y casi todo el país destrozado), el pueblo, la Nación, lo volvió a hacer: miles y miles de españoles acudieron a intentar aliviar a los pobres que se habían quedado sin nada. Nadie se lo pidió, nadie se lo ordenó; lo hicieron (como en las anteriores ocasiones que os he contado), porque «alguien tiene que hacerlo».

A poco que miréis lo que sucede en otros países, os daréis cuenta de que es algo único, inexplicable más allá de nuestras fronteras; como sucedió en Nueva Orleans, cuando el huracán Katrina. La gente salió a la calle, pero para robar y asesinar, no para ayudar a los dignificados. El Estado, para ellos, es el que tiene que arreglar la tragedia, no la Nación, que bastante hace con sobrevivir. Quiero decir que somos, seguramente, la Nación más solidaria del mundo y es algo que debemos de llevar con orgullo. Somos, desde hace un montón de años, el país líder en donación de órganos, logro que a uno le parece muy significativo: que los padres o los hijos de un fallecido, en unos momentos absolutamente trágicos, piensen que algún órgano de su ser querido puede salvar la vida de alguien anónimo que lo necesita me parece una heroicidad, una prueba de abnegación, de amor por el prójimo.

El título del artículo es ‘Semos diferentes, como Torrente’, canción del álbum de Sabina, ‘Dímelo en la calle’, mítico, por otra parte, y viene muy a cuento, creo, de lo que estamos hablando. ¡Claro que la mayoría de vosotros, como un servidor, no quieren ser como Torrente!, pero no me podéis negar que el personaje tiene un punto (rancio, eso sí), de Quijote, de «caballero de la triste figura», de «desfacedor de entuertos», de personaje de ‘La tía Julia y el escribidor’...; y todos nosotros, los españoles, aunque nos joda bastante, tenemos ese toque de héroe raro, incomprensible en otras culturas que nos hace ser geniales a la vez que patéticos, generosos, irresponsables e irrepetibles... Somos, nos joda o no, una Nación única.

Salud y anarquía.
 

Lo más leído