Un misterio que siempre está ahí, desde el hecho prodigioso de que existamos, de que exista la vida, de que exista la fe y de que exista, en quienes no la tienen, una espiritualidad que va mucho más allá de las religiones y sus ritos y avatares terrenos. Una espiritualidad sin la que no seríamos seres humanos, y a la que debemos atender y cuidar. Mientras aprendemos que la soledad y el silencio también pueden acercar a las personas.
Una espiritualidad no estrictamente religiosa, que se alimenta de la cultura de un modo muy especial. De la música, la literatura, las artes plásticas… Y de la reflexión. Para todo ello, un tanto paradójicamente, son propicios estos duros y largos tiempos de confinamiento, y los que nos esperan. Tiempos para hacernos preguntas, para buscar respuestas en los textos de los grandes clásicos, o en cualquier libro que nos haga bien. Sin olvidar que podemos ver cine y conciertos que enriquezcan nuestro interior. Con un rato al día es suficiente.
El distanciamiento de la vida cotidiana que las circunstancias nos imponen puede ser un camino para descubrir aspectos de nosotros mismos que ignorábamos; que apenas podíamos haber intuido. Y que, muy probablemente, no habríamos podido sentir y conocer de haber estado en la plenitud de las celebraciones, por otra parte muy añoradas. O en breves y bien aprovechadas vacaciones. Porque acaso el ruido, la emoción, las expectativas… nos habrían impedido ahondar en esa búsqueda que, por otra parte, no es tarea de una Semana Santa insólita, sino de todo tiempo civil. Nos va parte de la felicidad en ello. De la adversidad suele brotar la luz. La fortaleza, la hondura e incluso la alegría.
Añadir La Nueva Crónica como fuente preferida de Google de forma gratuita
Mantente informado con las últimas noticias de actualidad.