Comienza una semana muy particular, ya que, para algunas personas, es un tiempo de religiosidad, recogimiento y tradición, mientras que, para otras, es un paréntesis en su calendario laboral o estudiantil con jornadas propicias para el asueto, viajar o actividades turísticas.
Entre ambas miradas podríamos preguntarnos: ¿En estos días aún se celebran actos de fe o, en parte, se han convertido en espectáculo?
Las procesiones, solemnes y estéticamente bien preservadas, logran emocionar incluso a quienes no comparten el trasfondo religioso, máxime a los que así lo sienten, pues hay en ellas un valor artístico e histórico irrefutable.
Sin embargo, es evidente que existe una creciente mercantilización, con hoteles y calles abarrotadas y precios disparados, además de una puesta en escena pensada para el turista y no para el vecino.
Esto no invalida la celebración, no, pero invita a reflexionar sobre su sentido práctico. Es que si la tradición se vacía de significado corre el riesgo de convertirse en un simple folclore, mientras que si se cierra en sí misma pierde la capacidad de conectar con las nuevas generaciones.
Quizá el reto esté en reencontrar el equilibrio preservando la esencia, sin rechazar la evolución o mantener el respeto, pero sin renunciar a la apertura, pues la Semana Santa no es solo lo que fue, sino lo que será...
Lo dicho, que os presten mucho estos días de religiosidad o turismo gastronómico y disfrutad de ese olor genuino a incienso y velas, ¡y «matar judíos» con fruición!, además de celebrar como se merece San Genarín, «el apóstol laico», que algunos paisanos cuasi idolatran.
Fiesta popular y pagana que ocurre la noche del Jueves al Viernes Santo para festejar a Genaro Blanco, un pellejero muerto en 1929. La «procesión», llena de poemas, humor y orujo, recorre el casco histórico finalizando en la muralla con ofrendas al «santo». Salud.