Imagen Juan María García Campal

Semana Santa: una mirada laica (y V)

29/03/2024
 Actualizado a 29/03/2024
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Llego, llegamos si usted me acompaña, a una de las jornadas más importantes del cristianismo, de su Semana Santa, su Viernes Santo, día en que se conmemora la pasión de Cristo, así como su crucifixión y, finalmente, su muerte y día también en que doy fin a estas miradas laicas de la citada semana. Espero que comprendan que aquí acaben mis consideraciones y no las extienda ni al Sábado Santo ni al Domingo de Resurrección toda vez que a ellas me trajo la «representación del hombre justo castigado y perseguido por ser fiel a sí mismo, a la que cree su obligación moral y ética, que sintió pavor y angustia, que se sintió traicionado y tanto amó…, ese Cristo doliente, que apuesta por la bondad en medio del padecimiento», es decir la humana naturaleza de Jesús de Nazaret. 

Y cómo, ahora, no recordar y sugerir la lectura del libro ‘Pasión del dios que quiso ser hombre’, de Rafael Argullol, con el que también puedo afirmar que «No soy cristiano. Pero ya no soy anticristiano como lo fui durante un tiempo como reacción a una herencia espiritual y por la agradable sensación de sentirme no tanto un ateo, algo que nunca he sido, sino un pagano, un hijo de antiguos esplendores quizá únicamente imaginarios…».

Despido pues mis reflexiones sobre el hombre que, aun siendo también dios según la fe cristiana, sin embargo, «A la hora nona gritó Jesús con fuerte voz: ‘Eloí, Eloí, ¿lemá sabactaní?’, (que quiere decir: ‘¡Dios mío, Dios mío! ¿por qué me has abandonado?’» como relatan los Evangelios, Mateo 27:46 y Marcos 15:34, de sus escrituras sagradas, mas seguiré interrogándome además de sobre este pasaje, sobre el por qué que me abre cada papón descalzo, interrogación que jamás me responde su mirada y pasa así a engrosar mis cavilaciones o sobre el por qué algunos papones requieran mi mano y la estrechen con la suya enguantada y por ello y más cosas los siento hombres semejantes a mí: a veces gozosos, a veces afligidos; ora abatidos, ora esperanzados; ahora en la certeza, ahora en la incertidumbre; bien en la prosperidad, bien en la decadencia.

Sí, errará quien, por mi público laicismo, me juzgue o nos juzgue a los laicistas como privados o ajenos a toda espiritualidad. Y también lo hará quien considere al laicismo como una creencia o una iglesia contrapuesta a su iglesia, a su u otra religión, pues como concluiría Norberto Bobbio: «¡Para Iglesia, nos basta con una!».

He escrito estas miradas, me he acercado a la Semana Santa católica, como, en otras ocasiones, lo he hecho a sus sagradas escrituras, narraciones, mitos y rituales, sin prejuicio alguno. Así he podido constatar que cuando ni uno, lector, ni las creencias, en sus textos, pone barreras, no se sitúan tan lejos unas de otras, que se quiebran entre ellas las interpretaciones únicas y absolutas, excluyentes, que todas pueden ser de todos, que todas son legado de todos, herencia para todos. Y que, como bien dice literalmente Mariano Corbí en su libro ‘Hacia una espiritualidad laica. Sin creencias, sin religiones, sin dioses’: «La verdad puede decirse de muchas maneras; el diamante tiene muchas caras. Podemos aprender y ser guiados en nuestro trabajo personal por las tradiciones… como podemos aprender y ser guiados por los poetas de toda la humanidad… Todo dependerá de la madurez y coherencia con que se usen las tradiciones». Muchos si no todos, como dice el lugar común, pueden ser los caminos que lleven a Roma, al, para mí, el más humano mandamiento, el segundo de la cristiana Ley: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo». No hay otro mandamiento mayor, común a todos, creyentes y no creyentes.

Cómo así, no propiciar, por ejemplo, ante un paso de ‘La oración del huerto’, una reflexión acerca del humano padecer que tantas personas puedan estar sintiendo en estos injustos tiempos de tribulación; en cuántos prójimos, próximos o no, pueden estar entristecidos o sintiendo angustia, en cuántos tendrán su espíritu triste hasta la muerte tal y como dejaron dicho los evangelistas Lucas y Mateo que sintió Jesús de Nazaret en Getsemaní. Cómo no cavilar sobre si ante tanta tragedia en los hombres y aun estando a distancia como de un tiro de piedra me extraño de ella, los esquivo a ellos, así como si durmiera por causa de mi propia tristeza. Cómo no acordarse de Judas, de Pedro, ante un ‘Prendimiento’. Cómo no preguntarse sobre la coherencia de uno mismo ante tanta ocasión de venta, traición o negación, ante tanta cotidiana oportunidad, grande o chica, de dejación del recto criterio, de decaimiento en el buen y bien hacer. Cómo ante un ‘Ecce homo’ no tomar conciencia de las veces en que uno se decide Pilatos y se lava las manos ante la fragante injusticia que el hombre sufre, padece, testificando en su contra con el cómplice silencio, mi cómplice silencio, nuestro cómplice silencio. Cómo ante un ‘Nazareno’ no sentir el peso de la cruz en que se convierte el simple vivir, resistir de cada día para muchos de nuestros semejantes, conciudadanos, convecinos. Cómo no preguntarse ante esa imagen, ante la propia metáfora empleada, si uno mismo es, está siendo, buen cirineo que ayude a sobrellevar pesos y amarguras. Cómo no reflexionar acerca de si somos cada uno el mejor hombre, el mejor ser humano posible, con o sin dios, nuestra mejor versión.

He dejado, para el final, un ejemplo de la intolerancia creyente y/o cofrade, aun en la seguridad de que ejemplos habrá también en sentido contrario. Este lo he encontrado sin buscar, a través de un amigo, en el muro de Facebook de ‘El Mundo Cofrade’, organización religiosa aún en proceso de verificación en dicha red social, que cuenta con 56000 seguidores. No solo se trata de un cartel (foto 1), posiblemente, bien intencionado, pero, sin duda, sí prejuicioso, pues da por supuesto que, «si no crees», si no creo, no mantendré/mos respeto, que malmeteré/mos, que me burlaré/mos. Pero que, a mayores y peores, sin embargo permite y no suprime, entre otros, un comentario de un ciudadano, cofrade supongo, que obedece a las siglas S.V. (no mancharé este texto con su nombre ni le regalaré su minuto de mundana gloria) que escribe (literal): «Sinó… tenemos métodos....», y ejemplifica con la foto (foto 2) de una pintura que más habla de la única exclusividad del hombre, la tortura, que del Amor supuestamente profesado y de la que sólo aporto detalle encontrado libre de derechos.

FOTO 1
FOTO 1
foto 2
foto 2

Acabo estas miradas laicas cual las empecé, citando a Eduardo Haro Tecglen: «El otro ha sido siempre un enigma insolente. Y peligroso. No sabemos nunca bien quién es, en qué consiste; sobre todo no sabemos qué piensa», y en la esperanza de que escribiendolas «Quizás así, comencemos unos y otros, creyentes y no creyentes, religiosos y laicistas, a conocer más y mejor a ese, hasta ahora, insolente y peligroso otro».

¡Salud!, y buen día hagamos, buen día tengamos.

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