Es imposible imaginar hoy una ciudad sin semáforos… con los coches apurando para pasar en ámbar –no te la juegues, hazme caso–, o pitando porque el de delante no termina de salir al ponerse en verde…
El primer semáforo en España fue oficialmente inaugurado en Madrid a las ocho de la tarde del 17 de marzo de 1926 –ayer se cumplieron cien años–, en el cruce de las calles Alcalá y la actual Gran Vía –en aquel momento, ese primer tramo era Conde de Peñalver–, en medio de una gran expectación; y sustituyó a los guardias que, hasta entonces, regulaban el paso de vehículos, carruajes y peatones. Aquel semáforo –‘discos luminosos’ lo llamaban–, que tardó dos meses en ser instalado, era electromecánico y se programaba manualmente mediante clavijas. Y de alguna manera, marcó el inicio del cambio en la vida de las ciudades…
Cincuenta y ocho años habían pasado desde que, el 10 de diciembre de 1868, entrara en funcionamiento el primer semáforo de la historia, este en Londres, entre Great George Street y Bridge Street, cerca del parlamento británico. Diseñado por el superintendente de ferrocarriles de la ciudad, John Peake Knight, estaba basado en las señales ferroviarias y consistía en dos brazos móviles que, accionados manualmente por un agente, indicaban durante el día cuando detenerse y cuando avanzar, mientas que, por la noche, se utilizaban para ello lámparas de gas de colores rojo y verde. Al poco, el semáforo explotó, causando la muerte del policía que se encontraba a su cargo.
No será hasta 1910 cuando el semáforo vuelva a ganar protagonismo –ya sin solución de continuidad–, al ser automatizado por Ernest Sirrine, que añadió a su vez las palabras ‘Stop’ y ‘Proceed’. Dos años más tarde, Lester Wire desarrolló el primer semáforo con luces –de color rojo y verde– eléctricas; y, en 1920, William Potts añadió la amarilla. Y, en 1923, Garrett Morgan obtuvo la patente. Nadie podía imaginar la importancia que iba a tener el semáforo en todo el mundo apenas unas décadas después…