06/05/2026
 Actualizado a 06/05/2026
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Un keniata, un etíope y un ugandés. Parece la versión africana del típico chiste con el que se airean nuestras excentricidades patrias, pero en realidad es el podio de la mejor carrera de fondo de la historia: la maratón de Londres de hace unos días. Dos personas recorrieron por primera vez en menos de dos horas los 42 kilómetros y 195 metros, distancia que separa la Catedral de León de, por ejemplo, comerse un helado de los de Sahechores de Rueda, y una tercera también batió el récord previo en la mítica disciplina. El oro que Sebastian Sawe se llevó a Kenia parando el cronómetro en 1:59:30 ha eclipsado, ese verbo tan de 2026, la gesta de sus rivales. En especial, el memorable desempeño de Yomif Kejelcha, de Etiopía, a quien once segundos privaron de convertirse en el primer ser humano de todos los tiempos en romper una marca que parecía imposible desde que Filípides corriese de Maratón a Atenas para anunciar un triunfo militar.

Como en otras situaciones similares, este mayúsculo logro de Kejelcha ha pasado prácticamente inadvertido. Su tiempo de 1:59:41 se comenta de pasada en el quinto párrafo de las crónicas de la carrera y, como mucho, en algún generoso pie de foto del podio. Si casi nadie recuerda quién pisó la Luna unos minutos después que Armstrong y Gaspar no es el rey mago favorito de ningún niño, este etíope que corría por primera vez una maratón tampoco iba a ser la excepción al eterno trauma de ser el segundo.

Escribía Delibes que «el hombre del siglo XX no ha aprendido más que a competir» y cabría añadir que el del XXI ha perfeccionado la técnica con su obsesión por clasificar. Así, mientras Nadal y Federer, o Cristiano Ronaldo y Messi, mejoraban mutuamente inspirados por su rivalidad es más que probable que la mayor parte de sus seguidores se perdiesen lo mejor de sus talentos por caer en estériles debates sobre quién era el uno y quién el dos. En cualquier caso, confundir orden con mérito no es algo exclusivo del deporte y en las empresas, en las relaciones personales y en la vida misma se cae con frecuencia en el absurdo de premiar a quien produce más y no mejor, de criticar a la pareja que espera a los cuarenta para tener un hijo o de considerar más válido al que terminó la carrera en un curso menos.

Al terminar la histórica maratón, Sawe aseguró que el récord nunca hubiese sido posible sin que su perseguidor le hubiese llevado tan al límite. Le honra. Solo a él se recordará, pero el hecho de que el ser humano haya roto otra barrera tiene dos protagonistas. Esta columna va por Kejelcha, por Aldrin, por el rey Gaspar y por todos aquellos cuyo nombre siempre figura de forma irremediable detrás del de otro. Segundones sin los que no existiría el progreso, la única plusmarca que no está por batir. Una plata de ley que demuestra que para la pregunta de ‘¿perder o ganar?’ nunca hay una respuesta cerrada.
 

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