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Segundo viaje

30/04/2026
 Actualizado a 30/04/2026
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Año 2004 o 2005: Jaime y un servidor acudimos ansiosos a la feria del vino de la Ribera que se celebra anualmente en Peñafiel. Era lunes por la mañana y el recinto donde se hizo era un escándalo: todas las bodegas de la Ribera del Duero daban a conocer sus nuevas añadas para los ‘profesionales’ del sector. Nos pusimos como deficientes.

En teoría, debías probar un sorbito y devolverlo en un caldero acondicionado al efecto; home, por dios, ¡que sacrilegio! Nosotros nos bebíamos el vaso entero, ¡faltaría más!; echar a perder un Mauro, un Pesquera, un Pago de los Capellanes, un Cillar de Silos, ¡hasta ahí podíamos llegar! Hasta creo (no me hagáis caso porque llevábamos una cosecha adelantada), que probamos un Pingus, la ‘creme de la creme’.

El caso es que en el pecado soportábamos la penitencia, porque no te daban de comer en ningún stand y el néctar favorito de Noe nos pasó factura. Al fondo del local vimos una aglomeración de gente inusual y acudimos a ver qué pasaba: se nos abrieron los cielos. Daban, gratis, hornazo, riquísimo, por otra parte, y uno pudo reconciliarse con el mundo. Después del segundo trozo, empezamos a hablar con los señores: eran de Masueco, Salamanca, y habían ido a promocionar su vino, el de los Arribes del Duero. Nos pareció espléndido y cuándo nos dijeron el precio, aún más. Prometimos ir a su bodega e intentar llegar a un acuerdo para venderlo en la Abacería.

Pasado un mes, más o menos, otro lunes, lie a Manolo Ferreira, un almacenista asturleonés que era, sobre todo, una bella persona, siempre con una sonrisa en la cara y siempre con ganas de hacer más llevadera la vida de los demás, y allí nos dirigimos. De León a Fermoselle se tardan dos horas en llegar, un paseo. Por el camino, pasamos por Pereruela (famosísima por su alfarería), por Bermillo de Sayago, por Villar del Buey y, por fin, llegamos a Fermoselle. Estábamos en la ‘raya’ entre España y Portugal, puesto que el país hermano queda a un tiro de piedra.

El pueblo, además de ser la cuna de un mito radiofónico, Julio César Iglesias, es precioso, un lugar digno de ser protagonista en un capítulo de ‘Juego de Tronos’. Justo antes de llegar a él está el pantano de ‘La Almendra’, grande como una barbaridad de las que hacía el General.  Y es que estamos a orillas del Duero, el río mítico del noroeste de España y del norte de Portugal. El Duero es el amo y señor de la comarca, porque, además de separar artificialmente a lusos y a españoles, hace frontera con la parte más meridional de Zamora y con la más septentrional de Salamanca. El terreno es muy escaso, lleno de piedras, y en el que sólo se puede cultivar cereal, olivos y vides, la trilogía mediterránea traspasada a la meseta, porque este lugar de ensueño posee, como el Bierzo, un microclima especial y único. En Fermoselle hay bodegas, y el aceite se vende en cualquier bar, en cualquier tienda. Los santos de Tordesillas me advirtieron que el aceite, en Zamora y el vino en Aldeadávila, ya en Salamanca. Para llegar a Aldeadávila, desde Fermoselle, hay dos caminos: uno, el principal, siguiendo una carretera sinuosa (tienes que pasar una especie de pequeño puerto de montaña), por el que tardas una barbaridad en llegar, y otro, que no deja de ser un camino de concentración de los de aquí pero asfaltado, en el que te presentas en tierras charras en un momento: escogimos el segundo y fue una especie de odisea; el paisaje es increíble, lleno de regueros y de sebes..., de vida.

Una vez en la bodega, nos recibieron con los brazos abiertos; la gente de Los Arribes, como todos los que viven en comarcas apartadas ancestralmente, aprenden desde que nacen que el visitante es un don de dios, una persona que es de tu raza, de tu familia. En estos pueblos, a los que volví siempre que pude, me lo demostraron cientos de veces. Volvimos a probar el vino; nos gustó tanto como en Tordesillas y compramos un palet. Durante años, el Arribes y el Vega del Cúa fueron ‘los vinos de la casa’ en la Abacería. Satisfechos, volvimos a Fermoselle por el mismo camino y comimos espectacularmente en Casa  Mapi, una pensión restaurante que está al lado de la plaza Mayor.

Me quedo sin espacio, por lo que la semana que viene os seguiré contando, si no os importa. Salud y anarquía.

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