Cuando estoy convencido de algo, me convierto en un proselitista de la idea: da igual que sea política, social o medioambiental. Los que me leéis lo sabéis de sobra: mi intento, infructuoso siempre, de que mi familia no vote en las elecciones, de que no vayáis a los bares del centro porque os atracarán por la cara…; así, cien ejemplos más.
En lo que la gente me suele hacer caso es cuando me explayo explicando las bondades de un pueblo, de una comarca. Los del Bierzo me deberían hacer embajador plenipotenciario, ya que, gracias a un servidor, han conocido la comarca, la región, la antigua provincia, al menos un centenar de mesetarios... No es, en ningún caso, autoalabanza..., es la pura realidad. Lo mismo sucede con Los Arribes. Gracias a la brasa que doy sobre esta comarca, situada antiguamente en el fin del mundo, en los confines que separan (o unen), a España y a Portugal, han ido a visitarla amigos muy queridos. Como, por ejemplo, Eduardo Rodríguez (una de las dos patas que componían la agencia de publicidad pionera en la ciudad, Rodríguez y Jular, de profesión cuñados), y Candi, y más modernamente, también Rafa y Natalia. Todos quedaron encantados con su belleza, con el trato de la gente, con la pitanza y con la priva.
Uno, como os comenté la semana pasada, volvió varias veces a Los Arribes, bien para seguir con los negocios vinateros o bien a pasar sendos fines de semana con las mujeres que más he querido en mi vida. En ambas ocasiones dormimos en ‘Casa Mapi’, en Fermoselle. Con Mari Cruz recorrimos toda la comarca y descubrimos pueblos como Fornillos, lugar encantador dónde se fabrica un queso con usía que, ¡casualidades de la vida!, está hecho por una pareja que estudió Veterinaria en León. Nos hicieron rebaja, nos invitaron a un vino que cultivaban ellos y que estaba pasable, acompañado por dos huevos fritos con chorizo que daban gusto comerlos y nos despedimos como amigos, casi como hermanos de correrías en el Húmedo. Fuimos a Masueco para ver el ‘Pozo de los Humos’, el lugar de las fotos en Los Arribes: una cascada increíble que cae al Duero, encajonado como si fuera El Gran Cañón del Colorado, entre dos paredes graníticas que, por huevos, te dejan con la boca abierta. Acabamos en Aldeadávila para ver su presa, espectacular, como un anuncio de los de la tele, y con una de las mayores concentraciones de buitres que uno vio en su vida. Fue un fin de semana inolvidable...
Con Tere la cosa no empezó muy bien... Había reservado la habitación por teléfono (lo de Internet estaba en mantillas y Mapi no tenía ni ordenador), y allí nos presentamos un viernes por la tarde: el local estaba cerrado a cal y canto. Desesperados, fuimos a un bar que quedaba cerquísima, al otro lado de la puerta medieval, el Bar España. Uno, azorado, le explicó a la camarera, que resultó ser la dueña, que habíamos reservado habitación y que no sabíamos que hacer. La buena señora va y me suelta «¿sois los de León?, no os preocupéis, aquí tenéis las llaves; es que tuvieron que marchar a Madrid porque se ha puesto malo un familiar»; «o sea, ¿que no hay nadie?», «no, –respondió–. Tenéis la casa para vosotros»; «y para pagar, ¿cómo lo hacemos?»; «no os preocupéis, el domingo pasará la madre de Mapi y lo pagáis a ella». Olvidó decirnos que la buena señora tenía noventa años y que no tenía ni puta idea de cuanto valía la estancia... Yo andaba desconcertado: una señora que me conocía de comer tres o cuatro veces en su casa y de dormir un fin de semana, va y, con dos cojones, me deja sus llaves para que hiciéramos lo que nos diese la gana..., incomprensible, lo mires como lo mires.
El fin de semana fue tan bueno que no tengo palabras para describirlo. Hubo, no obstante, una pega: no pudimos comer en el restaurante de Mapi, una experiencia inolvidable, os lo aseguro. Lo hicimos en el ‘España’ y en el ‘Medieval’, que están bien pero no eran el ‘Mapi’. Fuimos hasta Megadouro y hasta Miranda do Douro, donde, ¡cómo no!, compramos unas toallas y unos albornoces; comimos igual de bien que en nuestra parte del Duero internacional y volvimos a ver ‘El Pozo de los Humos’, pero desde arriba de la cascada, algo de verdad impresionante.
Quiero decir, con todo este artículo y el anterior, qué si queréis disfrutar de paisaje, gastronomía y, sobre todo, de la gente honesta y buena, no os hace falta ir a Bali, pongo por caso; basta con que os acerquéis a un lugar maravilloso que queda a dos horas escasas de León.
Salud y anarquía, hoy más que nunca..