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A seguir animando

17/05/2026
 Actualizado a 17/05/2026
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Que el primer equipo de la ciudad, la Cultural (y Deportiva Leonesa), abandone la plata profesional del fútbol español -la Segunda División-, puede ser un varapalo de muy amplias consecuencias para la capital. Y no solo en el plano deportivo, que es el más importante para los leales seguidores blancos y que en León son legión, si no, por ejemplo, en el aspecto económico de muchos negocios ligados a la hostelería, como así lo acredita el ambiente de los fines de semana cuando se juega en ‘casa’. Las calles más concurridas del lienzo urbano, las clásicas y habituales, son un jolgorio en sí mismas -una verbena, en el mejor sentido de la expresión- y la gente lo disfruta ‘a tope’, que diría Prada, el embajador plenipotenciario del Bierzo.    

Jamás, como en los últimos tiempos, la Cultural tuvo una afición tan incondicional y tan entregada. Tan joven y tan devota. Y tan a prueba de bombas hacia unos colores como ahora. Ni en los mejores sueños. Y eso que hoy se levanta y se acuesta con los indeseables ayes pegados al corazón. El equipo no acaba de carburar. No se centra. Y eso tiene consecuencias. Doctores tiene el mundo del pelotón leonés (dixit Victoriano Crémer) para dar con las soluciones pertinentes… que ya es hora (final de la Ronda de la cofradía del Dulce Nombre de Jesús Nazareno). 

Y cuando alguien alcanza una edad, que también suele decir (y escribir) el compañero Maximino Cañón en las páginas de este periódico, los recuerdos se rebobinan a una velocidad endiablada. Y la ‘Cultu’, como algo obligado y además inexcusable, suele estar presente en ellos. Y es razonable. Porque verá, querido convecino, se quiera o no, ha formado parte de las vivencias y los avatares de una sociedad más doméstica y cercana que, por entonces, en los años 70 -por citar una década esponjada- se palpaba por todos y cada uno de los rincones capitalinos. En los ambientes más finolis y en los barrios. Y en las tascas (bendita palabra), cual santo y seña del ocio bien entendido. Se hablaba de la Cultural y se discutía con vehemencia, como una parte sagrada e indestructible de la ciudad.  Por entonces, en los aledaños de la actual calle Murillo, al lado del parque de los Reyes, se levantaba el estadio de La Puentecilla, después rebautizado como de Antonio Amilivia (los desaparecidos campos de La Corredera y de El Ejido corresponde a generaciones anteriores), en el que la Cultural, con unos presupuestos raquíticos, puso de acuerdo al personal involucrado y al de cuota. Tiempos difíciles, en los que se notó la garra por querer hacer bien las cosas. Y se hicieron. Las posibilidades eran las justas, pero se agigantaron (sangre, esfuerzo, lágrimas y sudor, dixit Winston Churchill).

Y aparecieron unos jugadores casi de leyenda, que auparon a la Cultural al arco iris. Aquella delantera de lujo que metía miedo a los rivales, con los Ovalle, Villafañe, Marianín, Larrauri y Zuazaga. En la media dos columnas trajanas: Piñán y Roldán, Y en la defensa, Godoy, Maño y Herminio. Bajo palos, Bernardo. Jugaban al fútbol. No eran titiriteros. La Cultural en estado puro.  
 

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