Raúl Barrientos Antón

Sede fantasma: aparece en campaña, desaparece en agosto

24/02/2026
 Actualizado a 24/02/2026
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Hay decisiones que se toman por criterios técnicos. Otras, por sentido común. Y luego están las que se guardan en un cajón hasta que cuadran las encuestas. El retraso de medio año en la elección de la sede de la Agencia Estatal de Salud Pública entra, sospechosamente, en esta última categoría.

Nos dicen que hay que «analizar mejor» las candidaturas. Que el proceso requiere «más tiempo». Que es una cuestión de «garantías». Curioso que la necesidad de garantías surja justo cuando el calendario electoral empieza a marcar en rojo las próximas autonómicas. Porque, claro, no es lo mismo decidir ahora que decidir después de que los ciudadanos pasen por las urnas.
León presenta candidatura. León cumple requisitos. León necesita oportunidades reales de reequilibrio territorial. Pero León, para los grandes partidos, no es una prioridad: es un comodín. Es un titular o una promesa de campaña.

Durante las próximas semanas escucharemos declaraciones solemnes asegurando que «León tiene muchas posibilidades». Veremos fotos, reuniones, gestos de complicidad y algún que otro guiño estratégico. Se venderá optimismo. Se insinuará que «esta vez sí». Y mientras tanto, la decisión seguirá convenientemente congelada.

Porque lo importante no es resolver; lo importante es rentabilizar la expectativa.

Los grandes partidos llevan décadas perfeccionando esta técnica: mantener la zanahoria colgando el tiempo suficiente para que nadie se mueva demasiado. Crear ilusión sin compromiso. Alimentar titulares sin firmar garantías. Y cuando pase la cita electoral, cuando el ruido de campaña se apague y los focos se trasladen a otro asunto, entonces sí: se anunciará la ciudad elegida. Y no hará falta ser adivino para intuir que, probablemente, no será León.

Entonces llegarán las explicaciones técnicas. Los informes. Las puntuaciones. Las razones «objetivas». Y quienes meses antes aseguraban que León era firme candidata se encogerán de hombros. «Lo intentamos», dirán. Como si no fuera evidente que el guion estaba escrito desde el principio. Esta forma de hacer política no es nueva. Se juega con las expectativas de territorios que llevan años reclamando trato justo. Se instrumentaliza la necesidad de desarrollo para convertirla en herramienta electoral. Y se da por hecho que aquí se olvidará rápido. Pero hay algo que cambia cuando la paciencia se agota: la ciudadanía empieza a distinguir entre quienes utilizan a su tierra como decorado y quienes la defienden como prioridad. En unas elecciones autonómicas, el debate no debería ser quién promete más en rueda de prensa, sino quién ha demostrado coherencia cuando toca decidir. Porque mientras algunos miran a Madrid para saber qué decir, otros miran a León para saber qué defender.

Retrasar decisiones estratégicas para que encajen en el calendario político no fortalece la democracia; la degrada. Convertir una agencia estatal en moneda electoral es una falta de respeto a los territorios que compiten con seriedad y esperanza.

La pregunta no es si León tiene posibilidades. La pregunta es si León quiere seguir dependiendo de quienes solo se acuerdan de ella cuando necesitan su voto.

Y esa respuesta, esta vez, no se decidirá en agosto. Se decidirá en las urnas.

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