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Se va Hockney, nos queda Julian Barnes

15/06/2026
 Actualizado a 15/06/2026
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Ahora que se ha marchado el papa, tras una larga visita, empezaremos a preocuparnos de cosas más terrenales. Oh, wait! Ha sido el papa quien más ha hablado de lo terrenal. Sobre todo, de la inmigración, a cuya defensa y dignidad ha dedicado gran parte de su viaje. El papa se ha acercado más a los asuntos humanos que a los divinos, quizás porque los primeros no van nada bien. Como decía un amigo, los divinos van como Dios… Lo que sucede es que hay que empezar por aquí abajo, ¿no creen? Por lo más cercano, por lo más tangible. Por lo que vemos. Pero no son buenos momentos para los pobres, ni para los desplazados, ni para los refugiados, ni para los migrantes, ni para los moderados, ni para los compasivos, ni para… Para qué seguir. No es buen momento para casi nada. Todo es gris.

Para liberarme del hartazgo, me acerqué otra vez a la gloria pictórica de David Hockney, que se nos ha ido a una edad avanzada (nunca es avanzada, bien mirado, para el que se muere). Una forma de flotar sobre la grisura reinante es llenarse de color y eso, a Hockney, no le faltaba. Ahí seguía, como si la muerte no le pudiera alcanzar, llenándonos de una gloria verde y azul, contemplando las piscinas de California desde lo alto (le había sorprendido tanta piscina una vez, sobrevolando la región, y ese azul clorhídrico ya no le abandonó jamás). Tanta era su modernidad que integró de inmediato el ipad en sus composiciones, con ese gusto por la alegría y por la fiesta, y por el inconformismo (¡más inconformistas, por favor!), que no parecía abandonarle nunca. Ayer pensé, y creo que lo escribí en alguna parte, que Hopper y Hockney representaban maneras opuestas de concebir la vida cotidiana. Los amarillos enloquecidos y los verdes apagados de Hopper, esa soledad que puede cortarse con un cuchillo como la mantequilla de las pesadillas, chocan con la ofrenda de felicidad de Hockney, con esa pintura con la que nos abraza y nos da cobijo. Frente al miedo de Hopper, y la noche solitaria, está ese derroche de color de Hockney. Una alegría naíf que, me temo, envolvía los males del mundo.

Cuando moría Hockney me acababa de cruzar con Julian Barnes en las noticias. Fue algo curioso. Es uno de mis escritores favoritos en lengua inglesa (todo él está traducido, muy bien traducido) y me alegra mucho que le hayan concedido el Premio Princesa de Asturias de las Letras. ¡Al fin a tiempo! No siempre ocurre, ya saben. Hockney me llevó a Barnes y viceversa, porque el escritor de Leicester (o sus editores) había utilizado una de las estampas o aguafuertes de Hockney, realizadas en su día para ilustrar el emblemático cuento de Gustave Flaubert, ‘Un corazón sencillo’, como motivo de portada para, claro está, esa famosa obra de Barnes que gira en torno al gran autor francés, ‘El loro de Flaubert’. Hay más momentos en los que Barnes y Hockney coinciden, sobre todo en algunas publicaciones en las que se reúnen obras de arte y textos literarios, pero ese dichoso loro, que tanto juego ha dado, logró que la muerte del pintor me acercara al recuerdo de mi querido Julian Barnes (que estaría celebrando, como leí después, tan justa distinción). Y así quedaron unidos aquel día.

A Hockney no lo conocí nunca, aunque sus cuadros me han alegrado el día muchas veces, como si tuvieran un raro poder (lo tienen), pero a Barnes, sí, hace más de diez años. Fue en la primavera de 2015. Vino a España a recoger el Premio San Clemente, que en realidad le habían concedido en 2008, el año en que Pat [Kavanagh], su mujer, murió a causa de una cruel enfermedad. No es necesario recordar aquí el profundo impacto que tuvo la desaparición de Pat en la vida de Julian, porque él mismo lo ha recordado numerosas veces en su literatura posterior, particularmente en ‘Niveles de vida’. Y, desde luego, en su último libro, ‘Despedidas’ (Anagrama), donde nuestro autor se despide, en efecto, de la profesión de escritor (de esto es mejor no decir nada, porque tarde o temprano siempre se vuelve), y, al tiempo, reflexiona sobre las despedidas, y sobre la peor de todas, la despedida irreparable de la muerte. Me pregunto cómo llevo varios días uniendo a Hockney y a Barnes en mi cabeza (más allá de la portada de ‘El loro de Flaubert’, me refiero), cuando Julian habla tanto del luto y del adiós… Y no sin motivos. Pero también ha sido un tipo muy divertido y cargado de humor. Incluyendo esta última obra breve, con la que pretende echar el telón, y retirarse, quizás, a uno de esos lugares de Francia que ama.

La unión en el aire de Hockney y Barnes me ha resultado muy reveladora. En particular, porque une asuntos como la muerte y la felicidad, aparentemente contrarios, pero cuya negociación es tantas veces necesaria. De eso va la materia de la que estamos hechos, me parece. Otra cosa, quizás, es la materia de los sueños, donde toda eternidad es posible.

Julian Barnes, en las distancias cortas, es un hombre exquisito, entre inglés y francés, y, ahora, irremediablemente español. Mi única hora con él, de la que ya he hablado en algún otro sitio (estos encuentros te impresionan tanto que no dejas de hablar de ellos, me temo) resultó de lo más provechosa, pero sobre todo electrizante. Claro que Barnes ante un micrófono es más moderado y contenido que en su literatura, donde conviven tantos matices como en un buen vino. En ‘Despedidas’ juega mucho con otro de sus grandes asuntos, la memoria. Y la posibilidad de que la memoria nos engañe, precisamente para hacernos más felices. Aunque no siempre puede. Pero es la memoria la que habla, la que nos construye o nos reconstruye. Barnes explica lo del Recuerdo Autobiográfico Involuntario, IAM (y bromea con el ‘I am’: yo soy, yo soy…). Tejemos recuerdos, para construir la biografía, y no siempre de modo involuntario. Aunque los tuneamos, o el cerebro lo hace por nosotros. Yo mismo, ahora, lo hago con aquella mañana ante el gran Barnes, contándome que siempre le han querido mucho en Francia, y que, incluso en el Reino Unido, lo han visto como demasiado francés. Y, sin mencionar a Hockney, me dijo que Flaubert era su referencia directa, y todo el siglo XIX francés, en bloque. Ese realismo, apasionado y preciso, tan lleno de páginas. Vargas Llosa siempre lo decía.

Así que todos podemos decir un poco que Flaubert c’est moi. O eso creo. Las piscinas azules de Hockney, los árboles y las flores, ese dulce relajamiento soleado, quedarán entre nosotros, y también el recuerdo de aquellos a los que amamos y perdimos, como sucede a menudo en Barnes. Proust no sale bien parado en ‘Despedidas’, pero su nombre aparece en varias ocasiones y desde luego su inolvidable magdalena. Me alegra mucho que el gran Julian Barnes venga a recoger su merecido premio: pocos como él nos han llevado de la mano por los acantilados de la vida. En fin, lo veremos por la tele.  En ‘Despedidas’, dice: “soy consciente de que pronto no existiré más que como una estantería llena de libros y un racimo de Anécdotas Biográficas”. ¡Necesitamos entonces un poco del azul de Hockney para animarnos! Como dije en otra parte, la vida es algo que inexorablemente termina mal. Lamento hacerles spoiler. Pero, ¡que viva Barnes! (Y que viva Hockney: que sus colores nunca mueran en nosotros).

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