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«Se me hace un monte»

15/03/2026
 Actualizado a 15/03/2026
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A veces, usar la expresión adecuada o equivocada cambia el rumbo de todo. Es importante dar con la palabra exacta y antes, saber dónde buscarla. Esta semana tuve tal sensación de haber vivido todo lo ocurrido, que me empeñé en encontrar la palabra exacta para definirlo. Preguntando a San Google, parece no existir ninguna en español, porque responde que esa sensación se llama ‘déjà vu’ («ya visto», en francés). Lo define como un fenómeno cognitivo donde una situación nueva resulta familiar, aunque no haya ocurrido antes. Habla de paradoja, premonición y fallo de memoria cuando, sin haber vivido algo, sientes intensamente que sí. Y como andaba desocupado y bastante lenguaraz, te consuela diciendo que es normal sentirlo y después te remata hablando de un desajuste y un nosequé en el lóbulo temporal. Entonces admites que no hiciste bien la pregunta o no buscaste en el lugar adecuado.

Llamadme cabezota, pero insisto en que la tragedia del 11M ya la vivimos en unas vísperas de elecciones, cuando alguien nos mintió por segunda vez. La primera había sido cuando nos involucró en una guerra ilegal, argumentando que Irak tenía armas de destrucción masiva. No sirvió de nada el grito de millones de ciudadanos. Sé que son muchas coincidencias para ser cierto. Resulta raro que el 11 M, en vísperas de unas elecciones, mentiras justificando guerras ilegales y ciudadanos en la calle gritando «No a la guerra», ocurra en las mismas fechas, con 22 años de diferencia. No descarto la visita al neurólogo, aunque el vestíbulo que comunica las estaciones de tren y de metro, de Atocha, me dé la razón. Un espacio azul cobalto convertido en homenaje a las víctimas del atentado terrorista del 11 de marzo del 2004. Allí conviven el nombre de los fallecidos con 193 puntos de luz, representando a cada uno de ellos. Y fuera, la gente grita «No a la guerra», mezclándose pasado y presente porque efectivamente, unos enfermos de poder nos están volviendo locos a todos y desajustándonos el lóbulo temporal. 

Andaba en ese empeño de encontrar la palabra exacta para definir lo que siento, cuando un compañero de letras y amigo de alma, me envió un enlace. Tanto es el respeto mutuo, aun siendo opuestos en algunos temas, que encabezó el mensaje diciendo: «Aunque el medio no sea de tu gusto, te envío esta entrevista…». Algo muy valioso debía contener para enviármelo. Hoy se lo agradezco porque, de no ser por él, nunca hubiera escuchado al señor Losantos entrevistando a Raúl del Pozo. Ni a nadie. No hubiera oído la maravillosa descripción de sus orígenes en la serranía de Cuenca, de una infancia rural en un mundo de lobos y ganado con la que una se identifica. Pero, sobre todo, me hubiera perdido su deliciosa forma de hablar de las Palabras, eso que yo andaba buscando. De la pureza del idioma de su tierra, «un lugar donde las palabras se conservan limpias como los guijarros del río». Explica su lucha por no olvidar aquellos vocablos aprendidos de niño porque «lo que escribimos es la patria». Y cuenta como anécdota que Dámaso Alonso iba a buscar vocablos a la sierra de Cuenca como el que va a buscar mariposas. No sé en qué momento la entrevista parecía salida de un cuento de realismo mágico escrito por Galeano, en el que dos escritores buscan vocablos en el río y en el campo. Y en su búsqueda de palabras pequeñas, de esas que ruedan por cualquier parte, Raúl del Pozo aquel día buscó en el mercado de Potosí, considerado entonces el mejor mercado de Madrid, donde la Reina Sofía compraba vinagre y él fue a comprar cordero, para poder contarles a sus lectores en la columna del día siguiente que el lechal estaba a 22,90 euros, el perejil lo regalaban y el vino había subido un poco. Todo eso para cocinar un artículo que proponía titular ‘Terror en el supermercado’. De nuevo tengo la sensación de que eso del super lo he vivido esta semana, y me devuelve a la primera casilla. 

Me resulta tan fácil admitir que me gustaron las palabras de Raúl del Pozo, como difícil reconocer que me rendí ante la tierna anécdota contada por el Sr. Losantos. La única excusa es que fue mero transmisor de un dicho de su abuela, quien, para expresar que estaba abrumada decía «Es que esto se me hace un monte». Mejor no se puede expresar algo, sin decir nada coherente. Solo una abuela podría conseguir que acabe parafraseando a su nieto, sin que sirva de precedente. Ahí se ve la importancia de escuchar al otro, sea quien sea, porque nunca se sabe en qué concha puede aparecer la perla. Gracias a mi amigo Fernando ahora sé que las palabras se buscan entre los guijarros del río, en la sierra o en el mercado. La palabra se busca en la calle, no en las redes, donde te diagnostican un problema en el lóbulo temporal, por asegurar que hubo otro 11M en vísperas de elecciones, con la gente gritando «No a la guerra». Otra guerra ilegal argumentada con otras mentiras. Pero ellos son siempre los mismos.

Esto no es un ‘déjà vu’. Esto es historia repetida y la verdad es que «se me hace un monte».

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