Si tengo un defecto es la impaciencia. Lo reconozco. Las esperas me ponen de los nervios, y últimamente se me acumulan. No sé cuánto tiempo llevo esperando un paquete de Correos que no termina de llegar. Miro el seguimiento y ahí sigue, en ese limbo maravilloso que llaman «en tránsito», que es la forma elegante de decir que llegará cinco minutos después de que salgas de casa. Pero la que más me ha enervado es otra con el banco. Llevaba días esperando que me solucionaran un problema con una tarjeta con llamadas continuas, explicaciones y la consabida promesa de que «se está gestionando». Hasta que me cansé y les dije que, si no me lo solucionaban ya, me marchaba a otro. Al día siguiente tenía mi nueva tarjeta.
Todo se puede acelerar cuando el coste de no hacer algo empieza a ser mayor que el coste de hacerlo. También, por supuesto, en política. Hay expedientes que llevan años hibernando y, de repente, despiertan el día en que alguien empieza a contar votos en lugar de plazos. Los cajones de la Administración tienen una extraña propiedad: se abren mucho mejor cuando empiezan a cerrarse las mayorías. Hasta entonces, paciencia. Hay que cumplir los plazos. Hay que pedir informes. Hay competencias. Hay procedimientos. Y, si hace falta, hasta un estudio de viabilidad que estudie la viabilidad del anterior estudio de viabilidad.
Bastó con que el desahucio de Maricarmen dejara de ser un problema exclusivamente suyo y empezara a convertirse también en un problema para quienes gobiernan. Ocho años dan para mucho, pero parece que unas cuantas horas de televisión dan para bastante más. Debe de ser que el papel pesa mucho menos cuando empiezan a pesar los votos.
En el Bierzo tampoco somos nuevos en esto. Tantos años reclamando Radioterapia, entre promesas, trámites y excusas baratas, mientras los pacientes siguen viviendo en las autovías para recibir su tratamiento en otras ciudades. Hasta que una plataforma ciudadana consiguió sacar a miles de personas a la calle, llevar la reivindicación hasta Europa y convertir una demanda sanitaria en un problema político demasiado grande como para seguir escondiéndolo debajo de una carpeta. El miedo a perder unas cuantas butacas cogió la A-6 hasta Valladolid.
Hay problemas que tardan años en mover un papel y apenas unos días en mover voluntades. ¿La Administración es lenta? Lo es. Pero cuando hay votos en juego, parece que también sabe correr.
El problema es que, para que corra, alguien tiene que ir detrás. Y lo preocupante no es que necesite tiempo; lo preocupante es que necesite miedo.
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