Mientras los españoles sigamos votando mal la mediocridad en la política no tiene arreglo. Y no votamos mal porque yo crea que usted debería haber elegido una papeleta distinta el pasado julio si no porque quizá usted, como me ocurre a mí, sea de esa mayoría que vota lo menos malo. Eso que en lenguaje político los asesores llaman voto útil. Lo menos malo sigue siendo malo.
No sé cuántos votantes del PSOE en las últimas generales desearán el resurgimiento del fugado Carles Puigdemont para perpetrar el esperado chantaje de la minoría de minorías. Junts ha terminado siendo marginal hasta en el independentismo catalán y, sin embargo, va camino de imponer una ley de amnistía para perdonarse delitos a sí mismo y forzar una vez más la Constitución para que le quepa Cataluña en un nuevo encaje territorial anticonstitucional. No sé cuántos votantes del PSOE compartirán que ese plan que comenzó con los indultos y la reforma de la sedición sea apostar por la convivencia y no demoler a cambio de gobernar, como insistimos muchos, la arquitectura constitucional consensuada en la Transición y que ha permitido décadas de progreso económico y social. Cuántos no creerán que ese plan es tremendamente injusto al premiar una vez tras otra a los que se saltan las normas y agasajar sus territorios a cambio de apoyos mientras el resto mendigamos obedientes las inversiones con la paciencia del santo Job.
Pero votamos mal, lo menos malo. Así escogieron al PSOE miles considerando menos grave en su día a día tolerar la estafa independentista que impulsar un gobierno con un Vox decisivo donde podrían peligrar sus derechos y subvenciones. Por eso Pedro Sánchez ganó las elecciones aunque perdiera en votos. Venció in extremis la inteligente batalla del miedo a lo peor. Millones de españoles le descontaron los desvaríos no por ser mejor si no por la mediocridad del menos malo. Se equivocan. En democracia no haya nada más grave que una ley injusta que nos defina desiguales.