No sé por qué me viene a la mente: ‘El gran teatro del mundo’, de Calderón de la Barca, que describe la vida como una escenificación e imagina al mundo como si fuese un gran teatro… ¡Y sin perder el oremus!
Resulta que en plena cuesta de enero y como corolario ya hemos cerrado el telón y vemos que donde reinaba un ruido estridente existe hoy silencio sistémico, a la vez que las luces se han apagado volviendo todo a la rutina de cada día. Tras las fiestas navideñas el estado emocional colectivo parece oscilar entre la resaca anímica y la melancolía en un contraste brutal que va desde la promesa de la irreal felicidad eterna de diciembre a la elemental realidad del resto del año.
Es que enero ya no nos ofrece tregua, ni decorado lumínico, pero deja al descubierto cansancios acumulados, relaciones incómodas y expectativas incumplidas. Por eso, no sorprende que muchos sientan apatía, tristeza o una vaga sensación de vacío. Pero no es fracaso personal, es una reacción humana al cambio de ritmo y a la presión emocional previa.
En estos días, la familia, con silencios incómodos y sonrisas histriónicas, ocupó el centro de nuestras vidas por eso duele despedirse de esas reuniones aun recordando la hipocresía con la que en ocasiones todos nos hemos comportado.
Con los amigos, aparecen como la familia elegida entre brindis improvisados, exaltación de la amistad y mensajes de ensueño, renovamos los pactos invisibles de su compañía y apoyo puesto que a veces con hablar de ese café pendiente o de la risa compartida basta para sentir que el año entrante no será tan cuesta arriba…
«En la madrugada de hoy, quiero hacer referencia a la tarde/noche de ayer en la que el despliegue artificial de luz y alegría de los últimos días había dado paso con su apagado a una realidad gris cotidiana para muchas almas y espacios urbanos» Don Andrés Martínez Trapiello. Salud.