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La que se avecina

05/06/2026
 Actualizado a 05/06/2026
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05 06 2026 Álvarez Guerra
05 06 2026 Álvarez Guerra

Durante años. No, durante lustros. No, ¡qué va!, durante decenios, hemos entonado el mea culpa y promulgado todo tipo de planes, decretos, declaraciones y protecciones de nuestros edificios, de los que nos rodean, de los que nos generan ese entorno habitual, las casas entre las que vivimos, eso que nos envuelve, que generalmente miramos sin ver, pero que vemos.

Había que proteger nuestras ciudades, y lo hicimos. Incluso, a veces, nos pasamos de frenada. Y porque hemos tirado lo que nunca se debió tirar, a veces porque había que ser modernos, o porque estorbaban para una nueva calle, quizás porque era recuerdo del pasado innombrable, por cualquier cosa, derribamos y derribamos. Y un día decidimos que nuestro pasado estaba ahí, y que si Atila existió, y nosotros habíamos seguido su método arrasando una buena parte de lo que teníamos por delante (menos mal que no fue todo), era hora de parar, respirar y guardar lo que nos quedaba.

Pero un día llegó la sostenibilidad y la eficiencia energética. La caloría se puso muy cara (y aún lo estará más), es cierto. Así que había (hay) que aislar, ahorrar y dejar de emponzoñar el planeta, aunque en eso estemos más solos que la una. 

Hace un par de meses ya comenté la Directiva europea de 2024 que pone el horizonte en 2050 para llegar a la emisión CERO. Especifiqué lo que dice (y obliga), para llegar a ese nivel, y simplemente repetiré la amenaza final: todo edificio que en esa fecha no cumpla la categoría E, ni se podrá vender, ni se podrá alquilar.  Además, si se sigue la literalidad del documento, todos, y cuando digo todos, son todos, los inmuebles construidos antes de 1980-90, están fuera de norma.

Y 2050 está ahí mismo. Aunque, a decir verdad, dudo mucho que se pueda cumplir. Claro que el papel lo aguanta todo.

¿Y cómo lo estamos cumpliendo aquí y ahora? Pues muy sencillo: chapando con placas aislantes, que es lo que hay en el mercado, un mercado en el que han desaparecido los colocadores de ladrillo, el humilde ladrillo que es el material que mejor soporta nuestro clima, con el que se han hecho millones de viviendas… y de catedrales, teatros, hospitales y cualquier tipo de edificio.

Placas blancas, negras, grises y poco más, de momento al menos, para tapar esas fachadas variadas (no voy a decir si bonitas o feas, que de todo hay en la viña del Señor), de revoco, por supuesto ladrillo de todo tipo y color, piedra artificial, granito, mármol , cerámica, gresite, plaquetas, con volutas, pilaretes, arcos… todo tipo de elementos. Todo cubierto con el nuevo cerramiento, por supuesto aislante.

Probablemente más de un lector habrá oído hablar de los edificios cebra, de los que aquí y ahora no hay muchos, porque la construcción tampoco es muy florecientes, pero en las ciudades grandes, con polígonos de nueva edificación, son la nueva imagen: tiras blancas en balcones y voladizos, alternadas con negras entre ventanas. Y así uno y otro y otro. 

Eso es lo que mola hoy, y hacia dónde vamos, con los materiales que tenemos.

Es cierto que, ahora mismo, la cosa no deja de ser una anécdota. Hay un edificio aquí, y otro allá, pero demos tiempo al tiempo, y lo que sucederá es que la ciudad que conocemos ya no será la misma. Ni muchísimo menos.

¿Somos conscientes de lo que va a suceder? Porque, cuando no sea uno, sino cientos, por no decir todos, ya que hoy por hoy solamente los últimos construidos cubren con todos esos requisitos, cuando todos cumplan, que es lo que pretende la Directiva Europea, y hayan sido pasados por el revestimiento protector, sí, cumplidor, sí, pero absolutamente diferente de lo eran, ¿Cómo será la ciudad?

La pregunta es entonces ¿así, sin más ni más? ¿arrasando estilos, imágenes, historias? ¿no hay ninguna limitación? Porque planteado así, talmente parece «una patada a seguir»… y ya veremos. Al menos hoy por hoy, eso es lo que parece.

Hemos dedicado los arquitectos horas y horas a proyectar los edificios, a modelar las fachadas, esas que nos acompañan y hacen nuestro entorno urbano.  A veces con acierto, y a veces no tanto. A veces contra viento y marea. A veces claudicando ante el vil metal. Y  eso ha dado personalidad diferente a todas y cada una de las ciudades. Según parece, ahora va a ser para todos café. La arquitectura es una de las Bellas Artes, y todas ellas están protegidas por la propiedad intelectual. Me gustaría saber dónde está aquí esa protección.

Y así, poquito a poquito, nuestras ciudades van camino de cambiar su imagen, esa que tenemos de años y años, en la que nos movimos y nos movemos.

Ojalá me equivoque.

Por cierto, y por si acaso alguien lo pregunta: aislar un edificio no solamente se puede hacer por la fachada, también se puede hacer por el interior.

 

 

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