Ya conté aquí muchas veces que noviembre es el mes que menos me inspira, si no fuera por algunas cosas que me transportan a los días de la infancia, como las manzanas reineta, las castañas o las nueces (espero que los nogales autóctonos vuelvan, de una vez, a su verdadero ser). El otoño es fantástico (anduve emocionado por el Faedo de Ciñera, tal que el otro día, desconectando de todo el ruido). El otoño es tiempo de frutos y nostalgias.
Pero noviembre no es lo mío. Lo siento de veras. Noviembre es demasiado funerario, un mes de cenizas y de variadas grisuras, un regreso a la niebla y a la oscuridad, atrapado ahora por el feroz apetito comercial de la Navidad adelantada. Y de Halloween, prefiero no hablar. Estamos rodeados de motivos para el susto y el miedo, es cierto, pero pasar nuestro Samaín original por su filtro comercial norteamericano, tampoco me inspira nada.
Ha querido el maldito azar (a veces el azar puede ser bendito, pero no muy a menudo) que la desgracia nos haya llegado como un alud, como un tsunami, justo a las puertas de noviembre. El luto y el miedo. El accidente ferroviario de Urda nos ha sumido en la oscuridad. En la negrura. Estaba yo leyendo estos días ese libro magnífico de la argentina Mariana Enriquez (vive ahora en Tasmania), titulado precisamente ‘Conversación con la oscuridad’ (‘Páginas de Espuma’). Es un libro grandioso, sobre la fascinación por lo gótico, esa poderosa tradición romántica, pero mucho más sobre el significado del horror, sobre la escritura del miedo, sobre la fragilidad humana, sobre la abyección de las tiranías. En fin, sobre el trauma que a veces nos visita. Una buena lectura de noviembre, en efecto. Y me acordé de cómo las luces del futuro se apagan a veces de repente. Me acordé de la dificultad de convivir con la oscuridad sobrevenida, que en este tiempo es múltiple, que llega desde la nueva brutalidad del autoritarismo, desde la enloquecida situación del mundo, desde el oprobio a los desfavorecidos y el desprecio de toda empatía. Sí. Un tiempo peligroso.
Contemplamos estupefactos lo que sucede, pero el accidente de un tren nos baja de los laberintos del poder a los asuntos más cotidianos. El horror de todo esto reside en que un tren es un territorio conocido, un lugar compartido, familiar casi como nuestra propia casa. El tren, tan celebrado, que nos ha llevado y traído, agotados a veces por el cansancio (entre cabezadas), ilusionados otras veces con el destino, o con el regreso a casa, se aparece de pronto como un lugar extraño, inhóspito e impredecible. Y a eso se debía de referir Sánchez, cuando dijo que la confianza en la alta velocidad “está quebrada”. No sólo hay que atender a la alta velocidad, desde luego (y quién sabe si no está ahí uno de los problemas), pero un país moderno no puede prescindir de trenes modernos. Los datos, leo en los periódicos, indican que el prestigio del tren ha caído notablemente. No sólo por accidentes terribles como el de Urda. O el de Adamuz. O el de Angrois. También porque parece que la experiencia de viaje no ha dejado de empeorar. Pero, como decimos, un país moderno no puede vivir sin un tren excelente. No hay alternativa. Hay que multiplicar medios y dinero, y aquí el servicio público, como siempre, es fundamental. Lo público es decisivo.
Viví, como muchos, aquellos años fulgurantes de la alta velocidad, cuando España buscaba cimentar un lugar importante en el mundo. Siempre he amado el tren, para mí, el mejor de los transportes. Desde que se inventó, ha tenido un halo romántico, quizás ya no ahora, pero, hasta donde recuerdo, siempre me he subido a él con confianza y con cierta fascinación. Claro que la seguridad absoluta no existe, aunque la demandemos tanto (lo cual es explicable). Vivir es una aventura de riesgo, dicen. Pero quizás ese riesgo, en este tiempo un tanto atolondrado, empieza a ser inabarcable. La fragilidad humana despunta en momentos así. Nos acordamos de que no somos infalibles, ni superhombres, aunque creo que existe una cierta soberbia asociada a la tecnología, una confianza excesiva en lo no humano.
El miedo a la máquina tampoco es nuevo, sin embargo. En sus inicios, el tren era contemplado como un invento mortal. Luego, se vio que significaba el mayor de los viajes: el viaje al futuro. Ha atravesado décadas, y así hemos llegado hasta los modernos ferrocarriles, que se lanzan olímpicamente a una velocidad, tal vez, excesiva. Lo han escrito otros antes que yo: ¿hace falta ir tan rápido? No pido un regreso a la contemplación machadiana del paisaje, pero tal vez tenemos que aprender a parar un poco.
Sí, todos recordamos aquellos años en los que nuestros trenes de alta velocidad (de las líneas secundarias nunca se dijo mucho) se convirtieron prácticamente en los mejores del mundo. Mi experiencia en el TGV francés, que alguna tuve (no en el tren bala de Japón, lo admito), me pareció inferior a la de nuestros rutilantes convoyes, surcando el espinazo de España. No soy muy de airear orgullos patrios, pero aquello se parecía mucho a la modernidad que ansiábamos, tras todo el retraso de décadas. ¿Qué nos ha pasado, entonces? Porque algo ha pasado. Se mueven con una tecnología puntera, pero puede que algunos hayan envejecido mal. Sólo hablo como usuario, nada de experto, por supuesto. Así que no diré mucho. Es cierto que los servicios de transporte son cada vez más demandados, se trata de algo fundamental en un país moderno. Y tenemos mucha prisa, porque la gente está presionada, o vive en ebullición. Queremos estar en todas partes y rápido. Las velocidades aumentan, y, ya digo, más que aumentarán. He escuchado a expertos que dicen que eso, la velocidad, no es exactamente el problema. ¿Es la gestión de la seguridad, entonces? ¿Demasiadas líneas o trayectos? ¿Una sobreexplotación de la red, en la que ahora circulan trenes de diversas compañías, tras la liberalización, multiplicando los viajes de manera exponencial? En fin. Son preguntas.
Noviembre se ha abierto con toda esta infinita tristeza. Que se multiplica, con el oleaje de una furibunda campaña electoral, claro. Terrenos para la discordia que en nada aprovecharán a los familiares de los muertos, o a los heridos. Ahora que nos dirigimos al futuro, más y más cada día, con las compañías tecnológicas dirigiendo el mundo a su manera, pienso en qué queda de lo humano, aunque lo humano sea frágil. Aunque los humanos podamos cometer errores. Pobres de nosotros. Claro que tampoco hay sistema infalible. Ningún ser humano lo es, y me temo que las máquinas tampoco, a pesar de que empecemos a adorarlas. El transhumanismo fía el futuro al control total (¡el sueño de la seguridad absoluta!), al hombre biónico, a las decisiones perfectas de las máquinas, que evitarán, dicen, nuestra torpeza. ¿Nos devorará la tecnología? ¿Nos derrotará? Pero sin ella tampoco hay progreso. La raza humana no está para tirar cohetes, si uno contempla el paisaje: autoritarismo galopante (o fascismo fermentado), guerras, destrozo de la naturaleza, pobreza y trauma. ¿Lo harán mejor las máquinas que quizás nos van a sustituir? ¿O serán los sistemas una nueva forma de tiranía? Toda esa potencia transhumanista aún nos desconcierta. Mientras, noviembre se abre ante nosotros. Atrapados en el luto y el miedo.
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