No deja de ser paradójico que con la credibilidad política por los suelos y el grueso de la población renegando como nunca antes de sus representantes, los debates ideológicos hayan pasado a invadir cualquier orden de nuestra vida. Los políticos, más si cabe en esta tierra con nombre del rey de las fieras, han malinterpretado la sobada petición ciudadana de sacar las garras para plantarlas, de forma tan mezquina como literal, sobre casi todo lo que un día mereció la pena. Basta ya, ¿o qué?
Saquen sus garras de nuestras fiestas. Dejen las ikurriñas gigantes y las pancartas de ‘Puta España’ para un día cualquiera que no sea San Fermín. Tampoco inciten a que cada verbena, o en su defecto cada corrida de toros, acabe con cánticos acordándose de la madre del presidente del Gobierno.
Saquen sus garras de nuestro fútbol. Que no, que la Selección no es ‘progre’ porque jueguen hijos de inmigrantes y haya unos cuantos catalanes. Y tampoco es de fachas porque todos los balcones en estas semanas de Mundial luzcan de rojo y amarillo. Publicaba un gran periódico nacional hace un par de días que optar por Messi equivale a ser de izquierdas y que lo mismo ocurre con Cristiano Ronaldo y la derecha. Un suspiro largo y a seguir.
Saquen las garras de nuestra tele. Valió ya de colocar a un tipo con acento andaluz ladrando consignas políticas en la cadena pública, de entronizar a talibanes ideológicos como Vito Quiles o Sarah Santaolalla. De los mítines en las tertulias de Pablo Motos, de una lluvia fina camuflada de entretenimiento en cada programa de David Broncano.
Saquen sus garras de nuestra música, nuestro cine y nuestro humor. De que el posicionamiento respecto a una guerra o a una determinada reivindicación social condicione más que el talento a la hora de subirse a un escenario. Que alguien puede ser socialista y fan de Julio Iglesias o votar al PP y disfrutar con una película de Javier Bardem. Que si Irene Villa no se ofende por los chistes sobre ella, tú tampoco deberías hacerlo.
Saquen sus garras porque, aunque sus señorías discrepen, no son para tanto. Que la política, pese a lo que se lea a un tuitero que vive de la confrontación o lo que se escuche a cualquier otro apesebrado vendeburras, está sobrevalorada. Que cada uno, pensando, si de verdad lo hace, puede pensar lo que quiera y sin necesidad de adscribirse a bando alguno.
Posiblemente por tanta inmersión en el estercolero humano e intelectual en el que se han ido convirtiendo las redes sociales, todos nos hemos agazapado en una trinchera perpetua y absurda. Entrando, por iniciativa propia, en un juego que decimos despreciar. Por mucho que critiquemos la ruindad y la incompetencia de nuestros políticos, les hemos endiosado al concederles media hora en cada telediario, asumiendo el ‘y tú más’ como argumento válido al discutir sobre sus chanchullos y, sobre todo, permitiéndoles colonizar cada una de nuestras aficiones. Basta ya, ¿o qué?
Saquen sus garras. De lo contrario, antes o después, sacaremos las nuestras.
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