A santo de qué viene el cronista a hablar de este joven escritor que se ha hecho viral en los medios, llamado David Uclés. Pues a santo de que su primer libro «La península de las cadas vacías» (ya tenemos otro, premio Nadal titulado «La Ciudad de las luces muertas») habla de nuestra pasada guerra civil.
El cronista, después de reconocer que lo ha leído no solo por razones literarias, sino por «el tema», ha tenido que hacer un esfuerzo, dada su edad y las dificultades de ella y su escasa disposición a dedicarle atención a cualquiera que se presente alardeando de premios y presencias en los medios de comunicación, no se arrepiente, puesto que cada día que pasa se da cuenta de que en su generación se han dado por supuestas muchas cosas sin pararnos a comprobar su fueron así o cómo fueron
Y no es que Uclés venga a aclararnos nada; más bien viene a enredar un poco más el desconocimiento general. Pero, al menos hay que reconocerle el mérito de volver a poner de actualidad ese triste periodo de nuestra historia que fue fagotizaado por la inmediata llegada de la Segunda Guerra mundial. Y precisamente los nacidos en 1941, recien acabada la guerra civil, fuimos los que menos llegamos a saber acerca de aquel desastre familiar, ya que el franquismo había controlado todo, las instituciones, la enseñanza, y hasta las conciencias poniéndolas en manos del nacional-catolicismo oficial.
Por eso no está demás que seamos nosotros quienes más nos interesemos porque se vuelva a hablar de la pretendida lucha nacional entre derechas e izquierdas cuando aquello fue eso y mucho más, con el agravante de la tremenda ignorancia en la que estaba hundida aquella sociedad. Lástima de las constantes contradicciones en las que entra David Uclés, que nada ayudan a que comprendamos de una vez aquella catástrofe nacional.
Una catástrofe que él mismo califica (pág. 280) cuando escribe» - ¿Qué cojones dices, José? ¡Te vas a una guerra entre hermanos donde todos seréis cainitas! ¡No sois derechistas ni izquierdistas! ¡Sois hermanos!» Por eso es más dificil comprender la actitud del autor al negarse a debatir con personas que él considera indignas (por derechistas) y repudiar a organizadores de actos y debates aclaratorios. Debatir no es luchar. Debatir es combatir con la palabra. Es volver la vista a muchos de los que, como Unamuno. ya entonces alertaron contra lo peligroso que era que los hermanos abandonaran la discusión y empuñaran la violencia. No repitamos, pues, aquel error. Y menos entre gentes a las que se les supone una cierta calificación de intelectuales.