En estas fechas (señaladas y etcétera) siempre puede recurrir uno a su propia tradición. Ya saben, el típico artículo sobre la discordancia de la celebración de la Semana Santa respecto a los valores del cristianismo, su ostentación y alborotos; sobre cómo se invaden los espacios públicos sin consideración por parte de una confesión concreta en un Estado aconfesional, a veces hasta cobrando por ese uso con la manida excusa de los donativos; sobre los embotellamientos e incomodidades varias y arbitrarias; sobre como algunos ciudadanos se permiten cuestionar en masa otras celebraciones, otras fes, otros ritos con gran viga en ojo propio; también sobre lo molestos, inmoderados y cargantes que son peroratas y solemnidades cofradísimas que inundan con su intercambiable prosopopeya periódicos, calles, tertulias y tópicos turísticos; o sobre las cantidades ingentes de dinero -¡e impactos!- que afirman sesudos estudios manan gracias a estos multitudinarios afanes cuando nadie ha estudiado si tantos caudales se verterían de igual forma en unas vacaciones reglamentarias sin engorro de capirotes o si merece la pena vivir diez días acosado por gente disfrazada desfilando a troche y moche que ha pedido el sentido de la medida y del desarrollo lógico del drama pasional que dicen representar, roguemos por la hostelería, amén.
Ese texto hipotético contestaría también a las muchas tonterías leídas por ahí sobre que uno no debería disfrutar sagradísimos días libres si no es católico, como si los días libres del convenio colectivo los hubiera negociado José de Arimatea, a mí que me los den cuando yo quiera y déjame de santorales; o sobre cómo los del desfile serio se quejan de la cofradía genariana cuando unos y otros se parecen más de lo que desearían y por eso la tirria prospera tanto entre afines… Y no sigo, que me esnorto, que diría Ful. Está muy bien que la gente saque idolillos a la calle, bien arreglados de finde, y les haga bailar y encontrarse y regocijarse mucho con grandes y coloristas muchedumbres. Ole. La infancia es una época maravillosa. Y se está mejor así que delinquiendo, que apostillaban Faemino y Cansado.
Pero no quiero líos, que luego hay quien se mosquea y se pone como guaje con sueño atrasado. Hay otros mundos, aunque estén en este: se recogen la casa y los bártulos, a la familia, se coge el coche, se aleja uno cientos de kilómetros de la tierra de los bombos, tranquilidad no falta en esta nuestra comunidad, aunque hay que tener cuidado, donde menos se espera salta un encapuchado a lo Luis Candelas. Se aleja uno, en fin, con excursiones de precio módico -¿se computan esos ingresos en lueñes tierras?, da igual- y se asienta en lugar de menos dogma y más olas del mar o en amena ribera. Se huye, destierro de cercanías y vicio. Se pira uno. Hala. Con marcharse de su ciudad y su casa, resuelto. Hay ejemplos.