25/10/2025
 Actualizado a 25/10/2025
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No son cosas de niños, es cuestión de respeto, de atención a los valores. Pocas noticias entristecen tanto nuestro corazón como la conocida la pasada semana en la que supimos que la joven sevillana Sandra Peña, de 14 años, decidía poner fin a su vida porque ya no soportaba más la humillación y la crueldad de tres compañeras de colegio. Una vida en flor sesgada por un odio absurdo y antinatural tóxicamente alimentado por una sociedad que falla, no responde, aparenta, no siente y lo que es peor, no da la cara.

El ‘bullyng’ es un problema viejo con vestiduras nuevas. Es cierto que antiguamente ya había burlones, sabelotodos, chuletas de manual, pero ahora muestra más facetas porque, como si de un virus se tratase, se ha adaptado a nuevos medios que le proporciona la sociedad del siglo XXI. Antes las vejaciones se ceñían al patio, al aula o a la salida del centro, ahora esta sed de mal te persigue en casa, en tu cerebro, no cierra, ataca permanentemente, a cualquier hora, desde las redes, los chats, la infame mensajería que no descansa. 

Podemos diseñar muchas políticas contra el acoso y podrían ser eficaces. Los protocolos son necesarios, aunque más necesario es que se pongan en marcha, pero hay algo mal planteado. No se debe castigar al colegio que tenga casos de ‘bullyng’, si no al centro que, reconociéndolos y localizando a los agresores y a las víctimas, no active el plan de ayuda.

Y aunque la política es una gran aliada, este problema afecta a toda la sociedad y en mayor medida a quienes somos padres. Hay que escuchar y mucho a nuestros hijos adolescentes. Hay que inculcar cada día respeto, tolerancia cero al mal, al insulto, a la vejación, al aislamiento. Callarse no es el camino, aunque ese chico o chica que anda solo por el patio no sea tu amigo, tú no puedes ser cómplice de su tristeza. Sé pionero en estar a su lado, el lado correcto de la historia. Sé patio y no trinchera.

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