12/06/2016
 Actualizado a 16/09/2019
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arece que por fin las autoridades se van a tomar en serio la reorganización museística de esa joya del románico que León guarda escondida detrás de su Catedral y cuyo significado histórico es mucho más relevante que el de ésta por más que muchos de los leoneses lo ignoren. Según leo en la prensa de la provincia, la basílica que guarda junto con un gran tesoro artístico los ecos de algunos episodios memorables del pasado de un reino desaparecido en él va a experimentar una reestructuración completa que permitirá, cuando se termine, acceder a todos sus espacios de una manera más natural y ordenada y a todo aquél que desee hacerlo. Algo que hoy no es posible aún para las personas con dificultades de movilidad.

De siempre he recomendado a quien me pregunta comenzar la visita a León por San Isidoro y continuar luego por otros edificios y lugares, incluida esa catedral que fascina tanto a los visitantes como llena de orgullo a los leoneses, por más que muchos no la visiten nunca; y menos ahora, que cobran por entrar en ella. Desde San Isidoro y en San Isidoro uno puede avanzar en la historia de una ciudad que en la basílica-colegiata tiene su caja negra como otras lo tienen en otros otros edificios o lugares de memoria. La de León está en esos ábsides y en esa iglesia sombría, en las piezas de primitiva belleza que esconde en sus tres salas museísticas y en los pergaminos de su biblioteca, en la cosmogonía que cubre el panteón de unos reyes medievales cuyos huesos mezclaron y profanaron los distintos invasores de la ciudad, en sus leyendas de santos griales y gallos de oro bizantino, en el recuerdo de los acontecimientos históricos que en su claustro y en sus salas monacales se han vivido, comenzando por las que dicen fueron las primeras Cortes parlamentarias del mundo. Verdad o no, tanto las leyendas como los acontecimientos históricos forman ya parte del ADN de una ciudad cuyo presente, para su desgracia, está muy por debajo de su historia y que aspira, por eso mismo, a vivir de ella como hay hombres que viven de las mujeres y viceversa. Para ello, la musealización racional y moderna de San Isidoro – que va a llevar a cabo, al parecer, el autor de la del Museo Arqueológico Nacional o del de la Alhambra granadina, el multipremiado y reconocido arquitecto Juan Pablo Rodríguez Frade – es un paso imprescindible en una empresa que debería incluir, a medio y a largo plazo, la de la Catedral y el Hospital de San Marcos y la de todos esos edificios que, por separado y juntos, deberían constituir el principal motor de desarrollo económico de una ciudad deprimida y ayuna ya de toda industria que merezca el nombre y que hasta el momento al menos nunca ha sabido explotar sus recursos turísticos, ni siquiera contando con el privilegio del paso por sus calles de la principal vía de comunicación del mundo, ese Camino de Santiago que la atraviesa de lado a lado sin que los peregrinos se detengan, salvo excepciones, en ella más de unas horas.
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