En alguna ocasión peregriné con mis padres en la Romería de la Virgen del Camino. Era un crío. Me encantaban las avellanas. Los carros engalanados, que iba contando con los dedos, eran enormes y los bueyes molaban.
De lo que acontecía en las tradiciones de Las Cantaderas y del Tributo de las 100 doncellas no me enteraba. Entonces me parecía un rollo de mayores. Boquiabierto contemplaba cómo un sólo paisano podía aguantar aquellos gigantescos pendones. Unos segundos eternos.
Las Fiestas de San Froilán son las genuinas de León, las tradicionales de verdad, las que se llevan celebrando desde la Edad Media.
Nada tienen que ver hoy con las que conocí de niño. Se han convertido en un macro evento turístico destinado al disfrute de propios y extraños, al delirio habitual de los tiempos en los que vivimos. Ahora son festejos más elaborados, mejor diseñados, con multitud de actividades, pensadas para todos los públicos, más repartidas por la ciudad.
San Froilán y la Semana Santa son, creo, los días en los que más gentío se puede concentrar en la ciudad. Aparcar el vehículo es toda una odisea en fechas y horarios concretos. Los forasteros vuelven impresionados a sus casas después de comprobar que aquí también sabemos organizar buenos saraos.
Aunque el fervor religioso no es hoy lo que prima en el programa de actos, se mantiene la solemnidad y el poso de la cultura y tradición heredadas.
Si aquel joven Froilán, que llegó a la provincia de León en el siglo IX procedente de Lugo con tan sólo 18 años, levantara la cabeza, no entendería nada.
Él, que fue ermitaño, tampoco aprobaría el exceso de todo con el que nos manejamos en el siglo XXI. Llegó a obispo de León a petición popular porque fue un hombre poco dado a la ostentación, bueno, empático, que sabía escuchar a los apenados por tanta necesidad.
A pesar de la que está cayendo, somos unos privilegiados por el mundo en el que nos ha tocado vivir.
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