No son gigantes ni monstruos del río. Son osos. Osos que bajan a comer a los contenedores de Palacios del Sil porque allí han encontrado lo que ya no tienen. Se les presume una violencia que no han mostrado, pero que nosotros colocamos delante de ellos en el porsiacaso de todos nuestros miedos. Vale que no hay que esperar al primer zarpazo. Vale que hay que establecer medidas para evitar que la fauna salvaje se acostumbre a nuestra presencia pero ¿por qué han venido? Quizá ya no tienen dónde quedarse. Nosotros, esos humanos que nos vanagloriamos de ser seres pensantes para colocarnos por encima de los demás animales, les hemos ido quitando el sitio. Hemos quemado sus montes, ocupado sus tierras, abierto caminos, marcado rutas, levantado carreteras, urbanizado sus pasos. Les hemos expropiado la naturaleza y ahora nos molestamos porque aparecen en el asfalto que hemos decidido que es exclusivamente nuestro. De aquellos polvos, estos lodos. El jabalí molesta cuando cruza una glorieta y no hay teléfono móvil que no guarde ya algún vídeo de un «cerdito» perdido entre coches. Nosotros sí podemos entrar en su mundo cuando nos apetece. Podemos caminar por sus montes, abrir pistas, poner cámaras y también, matar. Ellos, en cambio, tienen que entender perfectamente dónde termina el suyo. Ahora queremos preservar lo que ya no dejamos intacto. Después de convertir paisajes diversos en bosques empobrecidos y de alterar lo que durante siglos había sido un mosaico de cultivos nos sorprendemos de que los animales busquen alternativas. No tenemos demasiada intención de dibujar la causalidad. Es más cómodo pensar que ellos nos invaden. No hemos hecho nada. Son ellos los que vienen.Y claro, se llaman salvajes. Entran sin llamar, por la puerta grande, como si estos cimientos de asfalto y hormigón también fueran suyos. Son nuestros. He visto viandantes quejarse de las palomas porque hacen una parada en su vuelo para robarles un trocito de pincho de tortilla. Qué pájaras las palomas. Y los estorninos. Esas bandadas que de niños seguíamos con los ojos dibujando en el cielo una de las coreografías más hermosas que puede hacer la naturaleza. Ahora resultan insoportables. No hacen más que piar. No dejan dormir. Se han apropiado del cielo, como si alguien hubiera firmado las escrituras. Los gatos se han instalado en el sótano. Se pelean cuando están en celo, maúllan, y un vecino les da unos trocitos de pan duro que le sobran de la semana anterior, por eso siguen ahí. Les ha puesto nombre. Son amigos. Habla gatuno más que humano. Y quizá haya hecho una buena elección, visto lo visto. Nos hemos convertido en urbanitas de raza. De esos a los que no les molesta una torre de telefonía, pero sí que un mirlo se pose en la terraza o que un perro haga pis a los pies de un árbol, nuestro. Escogemos lo inerte como animal de compañía. Lo demás es amenaza. Cuando éramos niños dibujábamos una línea en el suelo y decíamos: «Hasta aquí llega mi espacio». Era un juego, ahora no.
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