Hoy, 7 de abril, es el día mundial de la salud. Una de tantas cosas que tendemos a no valorar como se debe hasta el momento en el que nos falla.
También se trata de un derecho básico que incluye salud física y mental, acceso a una correcta atención sanitaria, alimentación adecuada, agua potable, vivienda y demás productos o servicios que contribuyan a mantener un estado de bienestar general. Aunque parece que no es rentable o no interesa protegerlo.
El tema de la falta de inversión y recursos en personal y material sanitario es una queja recurrente que todos conocemos bien y hemos sufrido a través de experiencias propias o de alguien cercano. El desmantelamiento de lo público, que se lleva a cabo desde hace años de forma cada vez más descarada, provoca colapsos y situaciones críticas. No es nada nuevo, de hecho, hace tanto tiempo que se grita para intentar ser escuchados por administraciones y responsables que se ha acabado perdiendo la voz. Lo mismo con la necesidad de apoyar y financiar la investigación. Tal vez esta sea una de las mejores formas de avanzar y de velar por ese derecho que tendría que ser prioritario.
Además, hay otros varios aspectos para tener en cuenta en cuanto a nuestra salud. El entorno influye en ella, es obvio. Incluyendo dónde vivimos, dónde trabajamos, qué comemos, qué bebemos o qué respiramos.
He escuchado a varias personas asegurar que somos más débiles que, por ejemplo, nuestros abuelos. Y que, por lo tanto, algo estamos haciendo mal cuando se supone que vivimos en un país desarrollado con muchos más conocimientos, información y medios que ellos. El cuidado del medio ambiente, la agricultura y ganadería enfocadas más en la calidad de los productos que en la cantidad o la medicina centrada en los pacientes y no en los intereses de las grandes farmacéuticas son detalles que mejorarían nuestra salud. Claro que como no dan dinero, están sobrevalorados. Por ahora, la auténtica prioridad es la salud…de algunos bolsillos.