Retrete, váter, escusado… Lo llames como lo llames, seguro que no eres capaz de imaginar la vida sin él… Y, no; no pretendo, ni mucho menos, adentrarme en cuestiones escatológicas, pero se cumplen 250 años del inodoro moderno –y nunca mejor dicho, pues evitaba los malos olores– y esta es una buena ocasión para poner en valor uno de esos inventos que han supuesto un importante salto de calidad en la vida de las personas, aunque no le demos hoy mayor importancia. Este se lo debemos al relojero y matemático escocés Alexander Cumming.
La, digamos, gestión de las aguas negras –especialmente alejarlas de las casas– es una cuestión que ha preocupado al ser humano a lo largo de la historia, y ya en la Antigüedad se encuentran antecedentes del váter –parece ser que los más antiguos se remontan al cuarto milenio antes de Cristo en Mesopotamia– conectados a pozos profundos o a redes de alcantarillado, caso este último, por ejemplo, de las letrinas romanas. Con todo, será habitual durante siglos vaciar las aguas sucias por la ventana, obligando a la gente a andar espabilada cada vez que se oía el grito de «¡agua va!»…
En 1596, sir John Harrington –un noble inglés de la corte de Isabel I, y poeta–, ideó un váter con cisterna que se vaciaba mediante una válvula, aunque la reina no le concedió la patente. Y ya en 1775, como te decía, Alexander Cumming patentó el retrete moderno que, como el de Harrington, funcionaba con una descarga de agua limpia que arrastraba los desechos, pero –y esta fue la gran mejora– con un sistema de cierre hidráulico con un sifón, un tubo en forma de ‘S’, que evitaba los malos olores; y que en años posteriores irá incorporando distintas mejoras.
Con todo, tardará en generalizarse. De hecho, nuestros mayores todavía conocieron en los pueblos casas sin cuarto de baño… Y, aún hoy, millones de personas en el mundo no tienen acceso a un váter. Cada 19 de noviembre, por cierto, se celebra el Día Mundial del Retrete; pero de eso ya hablaremos en otra ocasión…