Javier Fernandez

Salirse del redil

16/09/2026
 Actualizado a 16/09/2026
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Hace unos días abrió los noticiarios de este país una curiosa imagen que sorprendió: una oveja enfurruñada mientras el resto, con el estómago lleno, balaba complacido a su pastor. Precisamente, era la misma oveja que venía desmarcándose del chiflo, aunque al final terminó dejándose pastorear de nuevo, como las demás.

Esos ejemplos de osadía para pensar por sí mismas, especialmente cuando duran más que un paseo por el monte, dignifican cualquier rebaño, independientemente de las creencias y del color de los zahones del pastor. Aparecieron caras de incredulidad cuando España registró sus peores resultados educativos en la historia del informe PISA. Aquel dato no es más que el reflejo de un país donde el pensamiento crítico sigue perdiendo terreno. Porque ¿a quién va a sorprender que esta sociedad y, por ende, esta clase política sean rebaños de ovejas dóciles que se dejan pastorear sin una mínima capacidad de análisis ni de autocrítica? Si las guías docentes obligaran a ver Merlí, otro gallo podría cantar.

En los montes cercanos, por suerte, también hay ejemplos —muy contados— de ovejas que deciden escuchar antes a su conciencia que al silbido del pastor. Porque esto no va de tragar la alfalfa que te echen sin preguntarte por su estado. O no debería. Aquí se olvida demasiado a la ligera que los amos a los que hay que servir no son esos trajeados con los que echas la partida en el bar de enfrente de tu sede; son el barrendero que adecenta la calle, el repartidor que entra por la puerta a entregar un paquete o el camarero que te sirve el chupito de hierbas. Ojalá hubiera más ovejas que se salieran del redil para recordarlo aunque al instante fueran acusadas de traición, porque la única traición la cometerían si tragaran el pasto maloliente y podrido con tal de seguir escalando en el ranking de las ovejas favoritas del pastor, por si el año que viene les tocara pastar en un monte más alto.

En esta sociedad mansa, sumisa y complaciente, donde un informe ha terminado por poner cifras a lo que se palpa cada día, cualquier atisbo de autocrítica arroja un rayo de esperanza. Lo preocupante es que ya ni siquiera distinguimos entre la lealtad y la obediencia, entre el criterio propio y la consigna. Al pastor le basta con cambiar el silbido para que el rebaño vire de dirección sin que nadie se detenga a preguntarse por qué. La oveja agrada porque nunca altera el orden del aprisco, por eso ser manejable sigue saliendo demasiado rentable. Pero las sociedades no avanzan gracias a quienes balan al unísono, sino gracias a quienes, de vez en cuando, tienen el valor de desafinar.

Pero no se confundan: el problema no es que haya pastores; es que sobran ovejas orgullosas de no pensar. El mayor depredador sigue siendo el miedo a balar distinto.

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