Todo es líquido en esta sociedad que nos está tocando vivir. Todo es líquido, ya lo estudió Zygmunt Bauman antes incluso de ver como nos escurrimos de las sillas. Advertía el sociólogo de la angustia que iba a provocar este mundo perpetuamente mojado, la frustración de vagar siempre a la deriva, de jamás pisar sobre tierra firme y seca. Una realidad sin certezas que nos atrapa en un tiovivo de incertidumbres que no deja de girar. En los últimos días han coincidido varios síntomas que refrendan esa lúcida predicción del genio polaco, que en el humo de su pipa de madera caoba veía ciudadanos desamparados deshaciéndose por las esquinas.
Habitamos la era de las contradicciones. La cultura intenta desesperadamente encajarse en lo efímero. Pero la cultura no puede ser líquida. Es el mensaje profundo del abrupto rechazo de Félix Cuadrado Lomas al Premio Castilla y León de las Artes. El pintor de la esencia de esta tierra, del collage de campos geométricos que estrechan el cielo, no es capaz de comprender los galardones vacíos que solo perduran en las fotografías que se guardan en el olvido. Agarrado al terruño desconcierta con sus sensatas palabras que piden apoyo para los artistas en su taller y en su talento, y no en traje y corbata para los que a duras penas lograron labrarse una trayectoria. La cultura no es pose si no poso acumulado por el tiempo y el esfuerzo, en sedimentos o en estratos. Cuesta lecturas, exposiciones, veladas de artes escénicas y tertulias, muchas tertulias. Es la dedicación que construye ese suelo firme desde el que afrontar la existencia, la atalaya donde tomar decisiones subido a los hombros de los gigantes que nos precedieron. La cultura nos solidifica, por eso pasó de moda. Concebirla líquida es mero postureo. La presentación solemne y concurrida de un sello de promoción turística del patrimonio de León en el que aparece la Catedral de Burgos. Realmente escurridizo.
Una humanidad deshecha que abandonó las Humanidades, aquellas que construían el pensamiento como la Filosofía, las lenguas clásicas, la Historia o la literatura. Que considera la formación como un trámite necesario, como líneas para adornar los currículos que deben ser breves, llamativos, con imágenes y poca letra. Todo bien apretadito en una página… concienzudamente licuado. Así, la burbuja de los postgrados huecos (que algún día reventará) le ha costado ya el prestigio a la Universidad Rey Juan Carlos I y la carrera política (al menos) a Cristina Cifuentes que se sostiene sin apoyos, atrapada en la tela de araña de Rajoy y sus tiempos laxos de galleguidad pausada. Hubo máster, un máster líquido. Sin tener que ir a clase, con un par de trabajillos en vez de exámenes y adecuando todos los plazos a las necesidades de alumna aventajada en facilidades. Un regalo ejemplarizante (quizá no en lo económico, pero desde luego que sí en lo académico) que demuestra que el esfuerzo dejó de formar parte de nuestra cultura y que hoy en día tener formación, con diplomas y títulos que colgar en el despacho, no es equivalente a estar preparado. Aterrador y resbaladizo.
"Ser sabio requiere tiempo y esfuerzo, pero sobre todo honestidad", decía Platón. Por eso sabios, cada vez nos quedan menos.
Sabios y listillos
12/04/2018
Actualizado a
12/09/2019
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