30/05/2023
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A la hora de escribir estas letras aún no ha terminado el recuento de las elecciones autonómicas y municipales, aunque ya se adivinan los resultados. Hay quienes se sienten muy eufóricos, otros están deprimidos y no faltan los que, en espera de que acaben los escrutinios, están bastante nerviosos. Por mucho que en estos casos hasta los perdedores tiendan a decir que han ganado, la procesión va por dentro.

Si el pueblo ha tomado la palabra, quienes no hayan sido votados deberían hacer examen de conciencia y preguntarse por qué habrá sido. Aunque el pueblo a veces se equivoca, aún no se ha perdido del todo el sentido común. Ciertamente, pese a que se trata de elecciones autonómicas y locales, tienen mucha importancia en el ámbito nacional y es preciso reconocer que, si bien muchos militantes y simpatizantes del partido gobernante no están de acuerdo con su jefe, no han tenido la valentía de pararle los pies. En el pecado llevan la penitencia.

Pero el partido ahora ganador, que tiene motivos para sentirse satisfecho, tiene que ser muy humilde. En muchos casos su éxito no se debe tanto al entusiasmo que puedan producir sus propuestas o a la confianza que inspiren, cuanto al hartazgo del ‘sanchismo’. Y han de saber que más de uno les ha votado con la nariz tapada. La arrogancia y la soberbia siempre es mala compañera. No es lo mismo triunfo que triunfalismo.

Más aun, para poder gobernar en algunos lugares necesitarán el apoyo de la mal llamada ultraderecha, que no es otra cosa que el producto de las cobardías y complejos del centro derecha. Ahora bien, estos últimos también deben ser y humildes y realistas, eso sí, sin renunciar a esos principios fundamentales a los que han ido renunciando poco a poco sus próximos socios de gobierno.

Aunque muchos no se hayan dado cuenta, se da la circunstancia de que la jornada electoral ha coincidido con un día muy importante en la liturgia cristiana: la solemnidad de Pentecostés, que recuerda la venida del Espíritu Santo. Tuvo como efecto que, encontrándose en Jerusalén gentes de diversas regiones e idiomas, se entendían todos como si hablaran la misma lengua. Justo lo contrario que en la Torre de Babel, donde la arrogancia y soberbia de los constructores les llevó a la confusión de las lenguas, teniendo que desistir de su proyecto, porque no se entendían. Por desgracia el ambiente de nuestra sociedad tiene más de parecido a Babel que a Pentecostés. Que al menos, unos otros, sepan perder y sepan ganar.
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