Dicen que son los últimos y deben dirigirse al sur si quieren sobrevivir. Al fondo, un edificio se desintegra y la caravana parece venir hacia nosotros, sin volverse al oír la explosión y el edificio derrumbándose tras ellos. No se inmutan. No dejaron nada atrás. Ni siquiera corren. Avanzan por la arena entre una nube de polvo, paralelos al mar. Todos tienen hambre y nadie tiene pan. Y entre tanta desolación, un rayo de luz. Un niño coge algo del suelo y da de comer a un pájaro verde que lleva en una jaula, tan destartalada que, claramente, el pájaro permanece allí porque quiere. Así amanecimos ayer. Con otra caravana humana, o quizá sea siempre la misma, venida de los pasajes bíblicos, arrastrando una historia de sangre y luchas, en nombre de dioses. Parece que nos alcanzó el tiempo y aquel éxodo palestino avanza ante nosotros, con el mismo kufiya al cuello, huyendo por caminos que el asedio ha hecho cada vez más cortos. Es una marabunta de camionetas, trozos de chatarra que dos ruedas convierten en medios de transporte. Hombres cargados de aparejos que llaman enseres, una alfombra sobre la arena y trozos de lona colgados, simulando un hogar. Los que ayer fueron una familia normal, hoy recogen entre escombros harina mezclada con tierra, recién caída del cielo, como un maná celestial. Un niño corre en estado de pánico, con su hermano pequeño a cuestas, gritando dos nombres que quizá ya no existan. Personas mutiladas sin una cama en la que descansar y pequeños sudarios blancos en brazos de padres casi vivos. Y yo sigo viendo, perdidos entre la multitud, al pájaro verde y su dueño, avanzando rumbo al sur.
Y al otro lado, andan buscándole nombre a esto. Organismos hablando de hablar, con una colección de palabras inventadas para no decir nada y no mencionar a los miles de humanos asesinados ante sus ojos y los nuestros. Nos han hecho sentir cómplices y culpables porque, siendo testigos, no salimos antes a gritar «basta».
Cómplices nosotros, que nuestros colonialismos y conquistas llegan hasta la pared del patio o del huerto, compartiendo el pozo con el vecino porque al agua le dio por manar justo en la linde. Que la única raza que nos importa es la de nuestro perro y nos apañamos con el dios que nos tocó en suerte. Nosotros que, desde nuestra simpleza, sabemos reconocer lo que vemos y ponerle nombre, como ocurrió a nuestros padres, viviendo una guerra, sin saber escribir esa palabra, y sin saber leerla. Pero era guerra.
No hizo falta mucho tiempo para ver que aquello del `derecho de Israel a defenderse´, llamando a los agresores víctimas y a víctimas civiles, terroristas, no encajaba. Imposible olvidar aquel nido de terroristas que descubrieron e inspiraron una de mis columnas. Los bebés que al nacer fueron envueltos en papel de aluminio, flotando en agua caliente, a modo de incubadora, porque les cortaron la electricidad. Y cómo olvidar la estampa de una tela azul ovillada sobre sí misma, con la cabeza hundida sobre el pequeño sudario blanco que apretaba contra su pecho.
Solo dos telas, dos colores contando toda la tragedia que cabe en el mundo. Esa estampa tan repetida a la que andan buscando nombre, deletreando GENOCIDIO una y otra vez, como forenses, diseccionando cada letra, a ver si encuentran un significado que justifique el asesinato de miles de ancianos, mujeres y niños, que igual no estuvieron bien matados para llamarlo genocidio, una y otra vez. Así nos toman el pelo, analizando una palabra que les impide parar la barbarie, no vaya a ser que el término usado no se ajuste a la ley.
Cada vez se oye más alto ese «Basta», de un extremo del mundo a otro, empieza a exigirse a los gobiernos que actúen y una desbandada de barcos con gente de más de ciento cuarenta países, entre ellos España, surcan los mares del mundo, con un mismo destino. Pueden verse en las redes las multitudinarias congregaciones que recibieron en Túnez a las flotillas de distintos países que, tras reunirse allí, ponían rumbo a Gaza, dispuestos a llegar a la meta (estos sí) y acabar con el bloqueo israelí.
Es la Global Sumud Flotilla y entre ellos, Mandla Mandela, nieto del hombre bueno. La bandera Palestina ondea estos días entre el mar y el cielo y avanza rumbo a ellos, con la advertencia de algunos países a Israel de que, si pierden contacto con esos barcos, aunque sea por unos minutos, el continente podría detenerse. Por fin, se ha enfadado el mundo.
Ojalá los barcos galopen y lleguen, aunque sea dos años tarde. Que abran las puertas de ese infierno a cielo abierto en el que están encerrados, les den un trozo de pan, un vaso de leche caliente y un abrazo callado. Debería hacerse con cada uno de ellos, para acabar cada guerra. Al único que no deben liberar es al pájaro verde, que los cielos de Gaza son tan peligrosos que hasta los globos fingen ser de plomo para que nadie los suelte. Que busquen al dueño y abran su jaula invisible, que el niño se ocupará del resto. Solo así el mundo volverá a tener sur y norte para ellos.