Existe un lugar de lamento acomodado en las barras de los bares. Un territorio de siete reservas de la biosfera donde la despoblación es como la sombra de un ciprés, donde la juventud se marcha con un hasta siempre, donde la economía se sustenta a base de pensiones y los malos datos económicos se acumulan con la frialdad de quien ya no espera sorpresas. No es una percepción ni un agravio: es una realidad documentada, y reiteradamente ignorada por quienes tienen la obligación de corregirla.
A principios de mes quedó retratado, una vez más, el alcance de ese olvido. La directora general de Aena llegó, sonrió y se fue sin dejar ningún compromiso sobre la terminal de mercancías del aeropuerto. Se ofreció a mediar con operadores privados y, como siempre, a delegar en la Diputación lo que debería corresponder al Estado. En Vitoria, en cambio, la terminal de carga opera con apoyo institucional y nunca tuvo que mendigar mediaciones.
Existió una ruta que vertebró media España, hoy hospedada en el Ministerio del olvido con la distinción de denominación de origen. A pesar de movilizaciones como la de Salamanca, miles de personas exigiendo su reapertura como Ruta de la Plata, para activar la economía de una España vacilada.
Los sindicatos lo seguimos intentando, pero el poder sabe esperar a que los frentes de protesta se diluyan tras el paso de la pancarta. Es necesario sumar fuerzas a través de una presión civil organizada y permanente. El temor político solo se activa cuando la exigencia es transversal e identitaria; sin ese temor, no habrá forma de que se nos vuelva a respetar.
Manuel Castells lo explicó con la precisión que aquí no practicamos: los movimientos que transforman territorios no son los que más indignación acumulan, sino los que construyen red y presión continuada. En una provincia envejecida, revertir esto ya no es urgente: es una emergencia. Las inversiones siguen el rastro de los votos que se movilizan, no el de la necesidad objetiva: una lección que llevamos décadas aprendiendo sin aprobar el examen.
Insisto: necesitamos una organización civil comprometida, sin tutelas partidarias y sin la costumbre de descansar entre convocatorias. Organizarse no es una opción; es la única que le queda a este León que, de momento, aún existe.